Hace varias décadas el sociólogo Alberto Moncada solía recurrir a un relato muy gráfico para subrayar nuestro secular retraso en materia pedagógica. Si a través de la máquina del tiempo nos visitara un ciudadano de la antigua Roma, –explicaba Moncada– en el único lugar en el que ese viajero no se sentiría extraño es en una escuela española. En las calles de cualquier ciudad le sorprenderían los vehículos, los edificios, los semáforos, los luminosos… En las viviendas, los electrodomésticos, los materiales plásticos, las fotografías… En el aula escolar, sin embargo, estaría en su mundo, en un ámbito que le resultaría conocido, familiar, cercano: una pizarra, un maestro y un grupo de muchachos en sus pupitres recitando cansinamente la tabla de multiplicar o la lista de los reyes godos… La escena, algo caricaturesca, es verdad, funcionaba perfectamente para revelar de manera sencilla las contradicciones de un modelo pedagógico que, a pesar de las limitaciones y vaivenes zigzagueantes, ha evolucionado mucho y creo que hacia mejor.
Pero si el ciudadano de la antigua Roma viajara ahora a nuestro tiempo hay un ámbito donde sí que se encontraría como en su propia casa, en un escenario reconocible y familiar: el mundo de la política. Me refiero a la política como estrategia, como la forma en que se vincula el poder con el gobernado, no a la política como gestión, como servicio desinteresado por la sociedad.
En cuanto se bajara de la máquina del tiempo y pusiera un pie en tierra, el ciudadano de la antigua Roma reconocería el parentesco esencial que existe entre el ‘Panem et circenses’ con el que los emperadores romanos mantenían ‘distraída’ y adormecida a la población y las prácticas de ‘política espectáculo’ con que se distrae la atención en nuestros días de los asuntos verdaderamente trascendentes. Unas prácticas que van desde la propia utilización de los medios como simples ‘adormideras’ y placebos contra la crisis hasta la multiplicación de la llamada política de declaraciones, según la cual lo importante no es lo que se hace, lo que trasciende de manera objetiva y comprometida; es lo que se ‘visualiza’ en el instante, al margen de lo que suceda finalmente. Igual que predicar y dar trigo.
La falta de controles efectivos y el escaso ‘recuerdo’ entre la ciudadanía del bombardeo de mensajes publicitados (¿quién pierde el tiempo recorriendo las hemerotecas?) se traduce en una intuición que refuerza la tranquilidad de ciertos políticos, esos que están convencidos de que «es igual ocho que ochenta, lo que importa es el espectáculo y llevarse los titulares». Con el cebo pica el pez. Lo demás no cuenta.
En la antigua Roma muchos de los problemas se olvidaban o pasaban a un segundo plano si la plebe podía acudir al Circo y además recibir el obsequio de un pan. En la sociedad del espectáculo y de la globalización –que es la nuestra– el circo ha sido sustituido por distracciones múltiples, vicarias e igual de efectivas a la hora de cumplir con su función básica: servir al poder. El pan ya no necesitan ni regalarlo.