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De 'El Caso' a Diógenes

CUANDO yo era pequeño se editaba un periódico de sucesos, ‘El Caso’, lleno de noticias truculentas: crímenes horrendos, violaciones, fenómenos misteriosos… Aquella publicación iba dirigida a un público poco interesado por otros aspectos de la actualidad; quiero decir que quienes frecuentaban sus páginas no se sentían desengañados por encontrar, precisamente, lo que allí iban buscando. Nada de información subliminal ni doble sentido. El lector que se asomaba a aquellas historias sabía que no iba a toparse con la firma de Azorín, ni con la de Julián Marías. Nadie se sentía engañado. Como tampoco se sentían engañados quienes devoraban las novelas de Marcial Lafuente Estefanía, las exitosas obras de Corín Tellado y las fotonovelas que recreaban todo tipo de historias amorosas en un país que empezaba a desperezarse del subdesarrollo y la censura.
Ese mercado potencial de temas y lectores no ha desaparecido, tan solo ha cambiado de ubicación. Coloniza ahora un ecosistema mediático al que solemos referirnos como ‘telebasura’. Pero decimos ‘telebasura’ de manera coloquial, para entendernos, porque esos contenidos que hacían las delicias de los lectores de ‘El Caso’ y rara vez traspasaban las fronteras de la prensa generalista se los han subrogado ahora muchos periódicos, radios, televisiones y digitales hasta el extremo de que parece la misma sustancia escapada de la máquina del tiempo.
Las páginas de nacional y de política, los contenidos de las tertulias y los ‘magazines’ de radio y televisión no envidian ya a las páginas de ‘El Caso’. Por los temas y por la manera en que se abordan. En la actualidad hay asuntos relativos a la corrupción vinculada a los partidos políticos y escándalos en el mundo financiero y empresarial que convierten en ursulinas a los protagonistas de las historias truculentas que aparecían en aquel semanario de sucesos.
Necesitamos a muchos Diógenes que tomen la lámpara y salgan a la calle buscando honradez, moralidad, decencia. Muchos Diógenes contemporáneos y muchas lámparas que alumbren con potencia, porque donde quiera que los medios de información (no digo los de propaganda) centran el foco, surge algún escándalo. Se equivocan quienes creen que a los periodistas no nos gusta dar buenas noticias. Es falso. Como es falso eso de que «las buenas noticias no son noticia». Claro que lo son. Lo que ocurre es que no abundan, para nuestra desgracia. Atenazados en la espiral de los desmanes, en la persistencia del morbo, la dura realidad del panorama te acerca más a Quevedo: «Miré los muros de la patria mía, / si un tiempo fuertes ya desmoronados» que al optimismo ingenuo del ‘Himno a la alegría’. Por muchos repuntes que anuncien el FMI y los ponentes del Foro Económico Mundial de Davos.
Nos han machacado tanto con el binomio ‘crisis-economía’ que hemos llegado a creer que ese par de palabras constituye la columna vertebral de nuestros problemas. Pero es otra falsedad. El auténtico repunte a fomentar no es el de la riqueza, sino el de la moral. Sobre todo la pública. Y que nos tachen de pesimistas, o de inconscientes.

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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