En una de las escenas más memorables de ‘Gladiator’, la película de Ridley Scott, el viejo emperador Marco Aurelio trata de convencer al protagonista, el general Máximo Décimo Meridio, de que se convierta cuando él muera en su sucesor temporal y ceda el poder al Senado para que Roma vuelva a ser una república. Sin embargo, el general, cansado de campañas guerreras y conquistas, sueña con regresar a su tierra y se muestra renuente a aceptar la oferta de Marco Aurelio. Además, sabe que el emperador tiene un hijo, Cómodo, quien aguarda impaciente a sucederle. «¿Y Cómodo?», pregunta el general Máximo para subrayar lo inusitado de la propuesta. «Cómodo es un hombre sin moral. Eso lo sabes desde siempre», contesta Marco Aurelio: «Cómodo no puede gobernar. Es más, no debe gobernar», sentencia el anciano emperador.
Aunque la película es un prodigio cinematográfico rebosante de matices y de acción, de planos y secuencias trepidantes que se superponen y enlazan, el tema central de la historia pivota precisamente sobre esas seis palabras: «Cómodo es un hombre sin moral». Y aquí no importa tanto que se trate de una obra de ficción que no se corresponde, al pie de la letra, con la historia real.
El resto de los acontecimientos que atrapan al espectador de ‘Gladiator’ no son nada más que la confirmación de que Marco Aurelio estaba diciendo la verdad y que un hombre sin moral, aunque sea el propio hijo llamado a heredarle, «no debe gobernar». Esa es la lección. Como en otras grandes creaciones ‘literarias’, en ‘Gladiator’ se encuentra también la pasión del amor, de la venganza; el valor de la amistad y del coraje; la fuerza de la astucia y de la paciencia; los desengaños de la inocencia y el desasosiego de las ambiciones mundanas, comerciales, políticas… Pero la espina dorsal de la historia son las palabras de un anciano sabio que ama a su patria por encima de su propia condición de padre. «Cómodo es un hombre sin moral. Cómodo no puede gobernar».
Como todas las historias con carga humana, el simbolismo de ‘Gladiator’ trasciende las anécdotas del argumento. Es decir, no importa tanto lo que le ocurre, o cómo le ocurre, sino por qué le ocurre. En el origen de la conmovedora sucesión de adversidades a que tiene que enfrentarse el general Máximo Décimo Meridio anida el comportamiento de un hombre sin moral, de una persona para la cual el fin justifica los medios y la política, la acción cotidiana, es un simple instrumento de poder, una vía para satisfacer aspiraciones personales, no un ejercicio ‘moral’ por el bien común.
Supongo que si aplicáramos –a modo de detector comparativo– el ‘baremo Gladiator’ a algunas trayectorias y comportamientos públicos de nuestros días, la máquina igual chisporroteaba por los cortocircuitos… También pudiera ser que el ‘baremo Gladiator’ sirviera para reconciliarnos con personas que al mirarse al espejo cada día no tienen de qué avergonzarse. Bueno, y hasta aquí llego, porque como decía la novelista Patricia Highsmith, «me interesa la moral, a condición de que no haya sermones», y en eso también es admirable la película de Ridley Scott.