EN tiempos de la transición política, al maestro de periodistas Carlos Luis Álvarez, ‘Cándido’, le acusaron desde una revista de ultraderecha de no discurrir ni razonar, circunstancia que venían a perdonarle displicentemente atribuyéndole la condición de fantaseador que se dejaba llevar por la imaginación y la literatura. «Cándido no discurre. Ya se sabe», le recriminaban. Sin embargo, en un alarde de ingenio y de socarronería, ‘Cándido’ desataba el nudo argumental con el que querían inmovilizarle y dejaba al descubierto las artimañas empleadas contra él: «creo que el medio más cómodo para tener razón es quitársela previamente a los demás», respondió, y advertía a su antagonista: «En realidad no sé qué voy a hacer. Pero haga lo que haga, no dejaré que [Fulanito de Tal], piense por mí».
Aquella controversia de tiempos de la transición desvela la perversidad de un mecanismo que opera no a partir de la anécdota, sino del procedimiento. Quiero decir que, en principio, cualquiera podría sostener esta tesis o la contraria, y no por ello se iba a derrumbar el templo. El templo empieza a resquebrajarse cuando alguien le niega al de enfrente toda capacidad de razonamiento y encima pretende hacerle comulgar con ruedas de molino. ¿Qué hubiera hecho ‘Cándido’ en nuestros días? Tal vez parafrasear el célebre monólogo de Blade Runner: «En la galaxia digital he visto cosas que vosotros no creeríais: he visto a ‘maestros Ciruela’ que no saben leer y quieren poner escuela».
Estoy seguro de que ‘Cándido’ se hubiese rebelado contra el ‘pensamiento único’ que promueven quienes aspiran al matonismo dialéctico en las redes sociales, los ‘kale borroca’ de la descalificación y el improperio. Gente poco dada a la sutileza, a la complejidad de las realidades poliédricas. Los entusiastas de la sal gorda y del brochazo enérgico: «A mí me van a venir a contar estos…», y en esos puntos suspensivos se percibe que avanza, deslizándose, el desprecio a todos los que no piensan como ellos.
Cada día, sin embargo, es más importante que otros no piensen por ti. «No dejaré que *** piense por mí», se plantó ‘Cándido’. Y cada cual sabe en su caso quién habita en esos tres asteriscos. Yo admiro a los que militan contra la intolerancia. Y admiro a quienes no confunden tolerancia con indiferencia o pasividad. Entre otras razones porque el valor de la tolerancia radica en que es consecuencia de la experiencia, de la bondad y de la razón; no como la indiferencia, que suele serlo del desafecto y de la distancia: ¡allá el ‘otro’ si está lejos y no le conozco!
El estrado con altavoz que constituye cualquier cuenta en las redes sociales no puede suponer licencia para disparatar. No digo yo que haya que estar permanentemente envarado como el que se tragó un sable. Desde ahí también se hace periodismo, que es noble oficio. Tan noble que hasta Julio Camba no quiso más gloria que la de ese título y decía de Fernández Flórez que era un cursi porque se tenía por escritor. Pero una cosa es hacer periodismo y otra dar ‘doctrina’ y desbarrar si no piensas lo mismo que yo quiero que pienses.