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Larra, todavía

Confieso que por estas fechas tan señaladas de carnaval a mí me da por releer los artículos de Larra, igual que a Manuel Vicent en cuanto se acerca la feria de San Isidro le da por escribir una columna antitaurina rebosante de casquería, cuajarones de sangre de toro, moscas, escupitajos, humo de habanos y maldiciones. En esta ocasión, sin embargo, voy a ahorrarles la glosa de ‘Todo el año es Carnaval’, he escogido otro artículo de costumbres: ‘¿Entre qué gente estamos?’.
Cuenta Larra la visita de un extranjero, antiguo amigo suyo de colegio, al que quiso mostrarle los deberes de la hospitalidad. Así, presenciamos cómo se las ven para contratar un carruaje y los modos del dueño del negocio. Cuando le recrimina por las malas condiciones del ‘inseguro mueble’ que era aquel carruaje polvoriento, el dueño le sale por peteneras y dice: «Pues no hay otro» y cuando se dio la vuelta, añadió: «¡A París por gangas!». Luego tienen que sufrir miradas de esas «que arrebañan a la persona» o gestos y exclamaciones que solo se ven «entre los majos del país». El recorrido ejemplar de Larra con su amigo incluye visitas a una policía dominada por la molicie, a funcionarios desvergonzados y zánganos, a un sastre, a camareros que se toman excesivas confianzas, a dependientes que además de no atender responden sin pizca de educación, a carboneros y aguadores que te piden por la calle el cigarro para encender el suyo y te lo devuelven manoseado y sin ocurrírseles agradecer el gesto… Una de las escenas más llamativas del artículo y que incita al extranjero a preguntarse «¿Entre qué gente estamos?» se produce en la casa del hombre que alquilaba calesas: «…y al decir esto, salió una mujer y dos o tres mozos de cuadra; y llegáronse a oír cuatro o seis vecinos y catorce o quince curiosos transeúntes; y como el calesero hablaba en majo y respondía en desvergonzado, y fumaba y escupía por el colmillo, e insultaba a la gente decente, el auditorio daba la razón al calesero y le aplaudía y soltaba la carcajada y le animaba a seguir; en fin, solo una retirada a tiempo pudo salvarnos de alguna cosa peor».
Releo el pasaje y pienso que ya es difícil encontrarse en la España actual una escena similar, salvo que hablemos de ciertos programas televisivos en los que no desentonaría para nada la fanforronería y los diálogos del artículo. Me consuela pensar que la España de Larra –«nuestra patria, siempre la misma; siempre jugando a la gallina ciega con su felicidad»–, no admitiría astracanadas de esa magnitud pero sí bastante parecidas.
Me parece que sus denuncias no han perdido vigencia. El día que Larra y sus artículos se conviertan en piezas de arqueología periodística habremos conquistado una modernidad que no es desde luego la del siglo XX ni la de estos años del siglo XXI. Ese día sí que habrá muerto de verdad aquel escritor que se suicidó a los 27 años de edad. Ya sé que no es muy pertinente ponerse aguafiestas ahora que estamos en carnaval. Lo siento de veras. El próximo año en vez de releer a Larra prometo buscar a algún autor de ficción que cante las maravillas del mundo. Si lo encuentro.

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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