Dice el psiquiatra Luis Rojas Marcos en una entrevista que le hace Íñigo Domínguez en ‘El País’ que el ser humano está programado para el optimismo y que esa es la mejor herramienta para afrontar el discurso del miedo tan vigente en nuestro tiempo. Poco días antes, en otra entrevista de Víctor M. Amela en ‘La Vanguardia’, Chökyi Nyima Rimpoché, monje y maestro de budismo tibetano en Nepal afirmaba que la bondad es la base de la felicidad y la salud. Y descendía a los detalles: «La única política justa será la basada en la bondad. Un político bondadoso, que ame al otro, jamás será injusto ni corrupto». Es decir, la felicidad como un estado al que se llega cuando sabes apreciar lo que tienes, a través de la calma y la ‘bondad plena’ que equivalen a «querer lo mejor para el otro, regocijarte de sus éxitos y felicidad».
Reconozco que no siento particular inclinación por la literatura de autoayuda ni por esas filosofías multirremedios de manual. Pero es curioso, Rojas Marcos no se limita a enunciar una frase bonita, relaciona por ejemplo la importancia que tiene en Estados Unidos esa condición optimista frente a Europa, –más proclives a la «cultura de la queja»– en las tasas de suicidios: mientras en Europa siempre se sitúan entre un 8 o un 9 por 100.000, en los ‘optimistas’ y ‘felices’ USA esas tasas no aumentan. El valor antropológico de la felicidad.
En el caso del monje budista, su lección me resulta tan familiar como la gran recomendación cristiana: «ama a tu prójimo», o todas las tesis vinculadas a la felicidad (eterna) que se contienen en las bienaventuranzas.
Cuando releo una de las frases de Chökyi Nyima Rimpoché: «La única política justa será la basada en la bondad. Un político bondadoso, que ame al otro, jamás será injusto ni corrupto»… confieso sin embargo que enseguida esbozo una sonrisa no tanto porque descrea de la tesis sino porque imagino a cualquier estratega electoral de España recetando a sus huestes la medicina de la bondad con el adversario. Y la sonrisa asciende a carcajada si busco mentalmente algún ejemplo que pruebe de forma empírica la recomendación del tibetano…
Probablemente la relación entre felicidad y optimismo y entre bondad y felicidad esté ya siendo reformulada por la ciencia a través de algún algoritmo que nos alegrará la existencia, sin necesidad de psiquiatras o de monjes budistas… Algún programa o alguna aplicación que nos redirija, como el GPS del espíritu, hacia modos de vida placenteros: un país pongamos por caso donde los jóvenes obligados a marcharse por la crisis puedan regresar sin sucumbir en los ‘trabajos basura’; un país donde el cambio climático no sea considerado una ‘posverdad’; donde los populismos tengan fecha de caducidad; donde no haya crisis de crecimiento; donde el futuro no lo escriban las grandes plataformas tecnológicas. Un futuro en el que Trump o el líder norcoreano solo quepa imaginarlos dentro de un cómic y donde se castiguen por ley, –y de una vez por todas– las llamadas durante la siesta para que cambiemos de compañía telefónica.