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Dersu y los parceleros

DICE Diego Algaba Mansilla en su reciente artículo ‘Parceleros’ que se acordó de esos personajes tan característicos de la Extremadura rural «después de ver a uno de ellos cogiendo las aceitunas de un olivo que hay al final de la Avenida María Auxiliadora», en Badajoz. La magnífica evocación que hace Diego Algaba de aquellos hombres –algunos de los cuales han terminado yéndose a vivir con sus hijos o nietos a la ciudad, entre las cuatro paredes de un piso «al que hay que subir en ascensor»– a mí me recordó al instante la peripecia de un personaje legendario: el viejo cazador ‘Dersu Uzala’, obra maestra de Akira Kurosawa.
Esa película, que retrata la vida en libertad de un cazador en plena naturaleza (la tundra y los bosques siberianos) es también la conmovedora historia de una amistad entre el capitán Vladimir Arseniev, explorador del ejército ruso y el viejo cazador Dersu Uzala. No voy a desvelar cómo acaba la película, sólo me detendré en algunos pasajes de la historia. Tras las expediciones, Arseniev decide llevarse a vivir a su casa en la ciudad al viejo Dersu, al que le empieza a fallar la vista.
La vida en el hogar transcurre dulce y confortable para el capitán, para su mujer y para su hijo. Pero el viejo Dersu Uzala se asfixia entre aquellas cuatro paredes y se pasa el día sentado en el suelo, embelesado ante las llamas de la chimenea. Dersu es la metáfora de un pájaro enjaulado, de un ser libre abatido.
Su mundo y sus valores no son los de la ciudad. Tan es así que un buen día el capitán tiene que acudir a rescatarle porque al bueno de Dersu, viendo que se necesitaba leña en casa, no se le ocurrió otra idea que salir al parque y ponerse a cortar un árbol… que él consideraba de todos, no de nadie en concreto, igual que los del bosque o la taiga. Otro día se enfada con el hombre que suministra agua a las viviendas transportándolas en una cuba. Le afea que cobre dinero por algo que está en la naturaleza y no pertenece a nadie sino a todos. «¿Por qué dar dinero por agua? Mucha agua hay en río», le pregunta a la mujer del capitán, mientras el aguador le mira como si no estuviera en sus cabales y le dice: «No entiendes nada», a lo que Dersu resume enfadado: «¡Tú eres una mala persona!». Y para su escala de valores, que son los de un hombre que ha vivido en libertad, pegado a la naturaleza, claro que lo es. Dersu Uzala posee la ‘sabiduría instintiva’ de quien ha aprendido a vivir en armonía con la naturaleza: caza únicamente lo que necesita; comparte; piensa en otros cazadores que podrán necesitar también la cabaña del bosque; le acechan miedos e inseguridades; desconoce por ejemplo su edad exacta y otros muchos detalles mundanos pero sentencia en su sencillez: «Aprendo todo cuanto necesito saber y tengo todo cuanto necesito tener».
Además de la ‘sabiduría instintiva’ que desprende la historia de Dersu Uzala, a mí me conmueve –como en el caso del parcelero de Diego Algaba– la pura necesidad de armonía con lo que nos rodea que supone coger las aceitunas de un olivo urbano, o conocer de sobra las cosas que de verdad importan en la vida.

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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