LAS luces navideñas son para mí la señal anunciadora de que han llegado los libros al Paseo de Cánovas. Del variado mercadillo que se forma en estas fechas, los puestos de libros –nuevos y viejos– constituyen la mayor atracción, el principal imán de mi interés. Busco y me entretengo repasando las colecciones de títulos de aventuras, las cajas con volúmenes sueltos descatalogados, las viejas series de obras clásicas en ediciones populares… Me gusta el olor de esos libros de papel algo ajado y amarillento que el librero despliega ante nuestros ojos como si fueran cautivos del enésimo embalaje a la espera de su oportunidad. Hay libros en los que percibo la misma dignidad que la de un sabio sometido al silencio y que anhela lectores a quienes desvelar la elocuencia del tesoro, el universo fantástico y deslumbrante de sus páginas.
«Quizás no hay días de nuestra niñez vividos más plenamente que aquellos que creemos que dejamos pasar sin vivirlos del todo: esos días que dedicamos a la lectura de nuestros libros preferidos», escribió Marcel Proust. Una buena manera de blindarme contra el riesgo de tal incertidumbre son las visitas a los puestos de libros callejeros. De esta forma no solo me reconcilio con viejos amigos que leí en la infancia y en la juventud, sino que además trato de buscar aquel ejemplar que presté y nunca volvió, o aquel otro que sucumbió a los sucesivos traslados o sencillamente fue pasto del olvido.
Recorrer las baldas de estos puestos de libros tiene algo de liberador y de terapéutico. Me desahogo conmigo mismo y atenúo mi desapego sobrevenido al toparme por ejemplo con aquel libro que pensé que nunca olvidaría y ahora reencuentro sin evocar muchos detalles de su historia. La misma sensación que te embarga cuando vuelves a vivir un pasaje del ayer y ahora compruebas que apenas se perfila como una estampa sepia y devastada por el tiempo.
Los libros nos permiten vivir infinidad de vidas. Y pueden obsequiarnos con vidas más vivas que la vida misma. «Nuestra vida está hecha más por los libros que leemos que por la gente que conocemos», decía Graham Greene, un escritor que transitó con sus obras por algunos de los laberintos morales de la condición humana, y del que se puede asegurar que sabía bien de lo que hablaba.
Así que para mí la feria del libro también es la Navidad. Todo el año. Confieso no obstante que el cúmulo de libros sin leer me provoca ‘estados carenciales’ que procuro sobrellevar de la mejor manera posible. Necesitaría una vida ‘borgeana’ para leer los volúmenes de la mínima biblioteca ideal.
Dado que es más determinante releer que leer y teniendo en cuenta que el hombre puede leer con provecho –Borges dixit– unos dos centenares de libros más o menos en esta vida, la clave está en seleccionarlos bien para acertar. ¿Alguien lo garantiza? Por supuesto que no. Descreo de los ‘cánones’ y de las listas universales. La tarea es que cada lector elabore su propia relación de obras imprescindibles y habite esa biblioteca ideal. Una vida da para mucho.