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A mí me tocó una mili llena de acontecimientos que rebasaban, con mucho, el simple ámbito cuartelero. Quiero decir que más allá del anecdotario y la intrahistoria que atesoramos todos los llamados a filas, el contexto nacional resultaba incierto y difícil en aquellos años del tardofranquismo. En lo que va de octubre de 1974 a enero de 1976, el periodo de mi reemplazo, se sucedieron los coletazos de la Revolución de los Claveles en Portugal, la Marcha Verde en el Sahara Occidental y la muerte de Franco. Aunque ‘Grândola vila morena’ había activado la revolución el 25 de abril de 1974, en el imaginario colectivo seguía vigente un compromiso histórico: la España de Franco y el Portugal de Oliveira Salazar habían firmado el Pacto Ibérico, lo que se traducía –para los que habíamos jurado bandera– en puro desasosiego, en constante preocupación ante los ‘golpes’ y ‘contragolpes’ registrados en el otoño de 1975 en Portugal, circunstancia que los veteranos del cacereño Cuartel Infanta Isabel resumían en voz baja: «Cualquier día nos concentran y nos llevan a Alcántara, cerca de la frontera». Soldaditos de reemplazo.

Por suerte, nada de eso ocurrió. Pero estuvimos más de quince días acuartelados en cuanto arrancó la Marcha Verde, aquella jugada que Hassan II se sacó de la manga para retorcer el brazo al Frente Polisario y a las resoluciones de Naciones Unidas; siendo público y notorio que por entonces Franco agonizaba y España vivía un momento tremendamente inestable. De vuelta a las literas y a los antiguos pabellones del Infanta Isabel (incluidos los que teníamos ‘pase pernocta’), había quien fantaseaba y se veía ya pegando tiros, muerto de sed en mitad del desierto, un espacio inhóspito que entonces identificaba como algo remoto y reservado a las películas de aventuras.

He recordado los episodios de aquel ‘movimiento de voluntarios’ ideado por Hassan II tras las insólitas oleadas masivas de marroquíes y subsaharianos arribadas a Ceuta y Melilla con la hipócrita anuencia de las autoridades marroquíes. El mismo martes, casi a la par que Interior informaba de unas 8.000 llegadas de inmigrantes y en torno a 4.000 devoluciones, la embajadora de Marruecos en España aseguró que en las relaciones entre países «Hay actos con consecuencias y se tienen que asumir». Lo que significa: alguien debe tomar nota; y me parece que ambos países, España y Marruecos, la han tomado. Mover ficha.

Ahora abundarán las explicaciones geoestratégicas: la influencia de Estados Unidos en África a través de Rabat; nuestra doble relación económica con Argelia (principal suministrador de gas) y con Marruecos (siempre reivindicando Ceuta y Melilla); las pretensiones marroquíes para que la UE reconozca su soberanía sobre el Sahara… Cuando no los tratados de pesca, la disputa de aguas territoriales con yacimientos minerales, la presión constante sobre Canarias… Un vínculo vecinal –por definición, inmutable– sin otra salida, a mi parecer, que no incluya negociar con responsabilidad y firmeza. El resto, pan para hoy y hambre para mañana.

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Juan Domingo Fernández

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