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Cabezazos contra el muro de la historia

Mi columna, firmada como Tristán Buendía, en homenaje a Miguel Á. Blanco

una época en que debería prohibirse por decreto ley la tristeza y el pesimismo. La sociedad las ha pasado bastante más canutas en otras ocasiones y ha salido adelante. No me refiero a la situación económica, de la cartera, sino a la realidad del corazón, al panorama espiritual. Todos los problemas que se resuelven con dinero –únicamente con dinero– son, al cabo, de categoría menor. Hasta lo advierte ‘El Principito’ de Saint Exupery: «Lo esencial es invisible a los ojos».
No estoy pensando en la España de nuestros abuelos y nuestros padres, devastada por una guerra despiadada y una posguerra interminable, ambas largas como un día sin pan; ni estoy pensando en la España carente de libertades, obligada a emigrar y a recibir turistas para compensar la balanza de pagos. Ni tampoco en esos años en que la sanidad y la educación para todos era una aspiración que tardaba en llegar como el abastecimiento de agua a muchos pueblos extremeños, las viviendas sociales, las primeras autovías o plazas suficientes en las residencias geriátricas.
Esta España es mucho mejor que la de hace 15 años, a pesar del paréntesis de la crisis económica, porque ahora resulta más difícil imaginar un panorama de envilecimiento moral como el que alimentaba la banda terrorista ETA y que concluyó con el asesinato de Miguel Ángel Blanco.
A mí me tocó trabajar aquel sábado y domingo en la Redacción de Cáceres y recuerdo vivamente la sensación de irrealidad y de barbarie que suscitó el secuestro. Recuerdo que en la columna que me puse a escribir y que salió publicada el domingo, 13 de julio de 19978, reflexionaba sobre cómo  una sociedad que observaba a la ETA con «miedo y desprecio» era capaz de no sucumbir  a la atracción de la venganza para no precipitarse como ellos en el estadio primario del fondo de la cueva.
«Cáceres, ayer por la tarde», escribí entonces, «aparecía llena de jóvenes reclutas, aprovechando las horas de paseo con sus novias y familiares antes de la jura de bandera prevista para hoy. Esa imagen, de normalidad, contribuía más aún a subrayar lo ‘absurdo’ de las acciones de ETA, instalada en la ‘irrealidad’ de unos presos, víctimas a su vez de ese torbellino infeliz que ellos han alimentado, y de una minoría tozuda que se empeña en dar chocazos con su cabeza contra el muro de la realidad, de la historia, de la libertad, de la justicia, del progreso y, lo que es peor para ellos, contra el muro de la inteligencia. No sólo son menos, sino que además son más torpes. La historia, que es inexorable, les pasará factura».
Años después de aquel cataclismo, no estoy muy seguro de que sean menos, pero estoy convencido de que la historia condenará al olvido o al desprecio esos crímenes contra la humanidad.

Juan Domingo Fernández

Sobre el autor

Blog personal del periodista Juan Domingo Fernández


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