Cada vez que me pongo a escribir este artículo semanal siento la inquietud de que lo que escriba lo tomen ustedes con una atención que lo más seguro es que esté lejos de merecer. No es que me tome a la ligera estos ‘apenas tinta’ de cada martes ni que ignore que, afortunadamente y para mi alivio, los lectores leen lo que les da la gana y, más importante aún, con la interpretación que les da la gana este texto que tienen ahora ante sí o cualquiera que caiga en sus manos (“debajo de mi sayo, al rey mato”, decía Sancho Panza uniendo sabiduría y concisión). No se trata de eso. Se trata de que por el hecho de yo escribir y ustedes leer se establece una relación según la cual parece que quien tiene algo que decir, o enseñar, soy yo (es decir, el articulista) y quienes parece que tienen algo que leer, o aprender, son ustedes, los lectores. Y eso, da igual si ocurre o no, entraña mucha responsabilidad.
De entre las enseñanzas que he sacado de mi experiencia como articulista semanal (escasa todavía: esta columna no tiene ni cinco años; hay quien lleva décadas entregando a la rotativa sin interrupción cada siete días textos en los que se aprecia una lozanía indesmayable) quizá sea la más provechosa la de ser consciente de que el mayor peligro que acecha a quienes escriben (escribimos) cotidianamente en los periódicos es considerarse no como alguien que dice cosas, lo cual es obvio, sino como alguien que se atribuye a sí mismo la categoría de que tiene ‘cosas que decir’.
He querido huir de ese peligro y en esa huida debe estar la razón de por qué siempre me han interesado más los articulistas que no sientan cátedra, que escriben llano y que toman con distancia las tesis que proponen, cualesquiera que sean, quizá porque esa distancia es la puerta abierta para que por ella se cuele la voz del lector futuro, que unas veces asentirá y otras disentirá del autor del artículo, pero haga una cosa u otra siempre dará al texto el valor superior de la conversación frente al monólogo.
Así que mi primer propósito siempre que los lunes me pongo ante el ordenador para escribir un artículo como este es evitar que el texto parezca como si se hubiera engendrado en un púlpito. Pero debo admitir, y esta es la razón por la que he escrito todo lo anterior, que de unos meses para acá ese propósito se me resiste más que antes: he perdido templanza. En mi descargo diré que no he sido sólo yo y que advierto que esa pérdida de templanza es una enfermedad que aqueja a muchísimos de los articulistas de los periódicos de nuestro país. El ‘procés’ y el ‘anti-procés’ ha dividido en dos Cataluña; ha exacerbado el sentimiento nacionalista de unos y de otros; y también, en lo que al periodismo se refiere, ha hecho que la mayor parte de la opinión publicada sea más parecida a un monólogo que a un proyecto de conversación con los lectores. Alguna vez, los periodistas deberemos de hablar de las consecuencias que para este oficio está teniendo esta crisis de la España constitucional. Por la parte que me toca yo cuento lo que me pasa a mí, y lo hago como si fuera un exorcismo.