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Antonio Tinoco Ardila

Apenas Tinta

Leer ‘Ordesa’

Acabaré ‘Ordesa’ y empezaré de nuevo. Y lo iré leyendo poco a poco, nada más que una página o dos cada día, o quizás sólo un párrafo, pero siempre, porque es la única forma que hay de leer ‘Ordesa’, con la devoción y el recogimiento con que se lee un breviario.

Leo ‘Ordesa’ y me veo a mi abuela y a mí en mi pueblo, cuando yo era monaguillo y tenía 9 años, cuando ayudaba al cura a vestirse para la misa en aquella sacristía de techo alto y muebles escuetos (primero el alba, después el cíngulo, después la casulla, después la estola…, un ceremonial silencioso del que me volví a acordar años después cuando asistí a la preparación de un torero para la lidia) y reconocía la llegada de mi abuela por sus pasos cuando todavía la iglesia tenía pocos fieles y era acogedora con cualquier sonido: llegaba hasta su reclinatorio con un taconeo vigoroso, se arrodillaba en el cojín de terciopelo granate ajado por el uso, se perdían sus ecos y se cubría con el velo la cabeza. Acto seguido abría su breviario y se ponía a leer. De su  cuerpo emergía una atmosfera de clausura y de su boca un murmullo de palabras ardientes. Si te aproximabas lo suficiente a ella podías percibir el borboteo de su alma en contacto con el libro.

Así me está enseñando a leer ‘Ordesa’: me aparta del mundo como mi abuela con su breviario mientras esperaba la misa, me cubre con un velo y cuando surge a mi alrededor el silencio y la soledad aposentada que necesita el libro leo, despacio y en voz baja, cosas tan inolvidables como esta: “Cuántas veces llegaba yo a mi casa, cuando tenía diecisiete años, y no me fijaba en la presencia de mi padre, no sabía si mi padre estaba en casa o no. Tenía muchas cosas que hacer, eso pensaba, cosas que no incluían la contemplación silenciosa de mi padre. Y ahora me arrepiento de no haber contemplado más la vida de mi padre. Mirar su vida, eso, simplemente. Mirarle la vida a mi padre, eso debería haber hecho todos los días, mucho rato”.

¿Dónde estaba yo antes de encontrarme con este párrafo? ¿Qué peso tenían las palabras para mí antes de leer ‘Ordesa’? ¿Por qué han tardado tanto estas revelaciones? Son preguntas que me hago ahora con la amargura de que no hay remedio para muchas cosas. Cosas como las que me dice ese párrafo, que leo subyugado por la certeza de que me llega treinta y cinco años irremediablemente tarde para enmendarlo.

Pensarás que ‘Ordesa’ es un libro como todos, que ha aprovechado, como cualquiera, el invento de la imprenta para llegar hasta ti. Pero será una equivocación porque ‘Ordesa’ es un manuscrito, es el romance de un cautivo: su grito, su atajo a la libertad. Y he aquí lo decisivo: Manuel Vilas lo escribió pensado que, sucediera lo que sucediera, llegaría a ti.

Leeré de nuevo el principio cuando llegue al final de ‘Ordesa’, dichosamente uncido a él por los siglos. Una y otra vez, una y otra vez ese libro, ‘Ordesa’, convertida su lectura interminable en una, la única que alcanzo, de mis bellas artes.

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Blog personal del periodista Antonio Tinoco.


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