Tren: sin unión no somos nadie
Estas líneas las escribí el pasado lunes por la tarde, a una hora en que todavía no había acabado la reunión del Pacto por el Ferrocarril. No sabía, por tanto, qué había decidido: si convocar o no una nueva manifestación o si, en el caso de convocarla, manifestarnos en Extremadura o en Madrid. Me puse a escribir antes de conocer el resultado de la reunión no porque no le dé importancia a lo que decida ese órgano en que están representados los partidos políticos, los sindicatos y las organizaciones empresariales, sino porque, aun antes de tomar la decisión que sea y que usted, lector, conocerá a estas horas, ya se ha producido un hecho trascendente y negativo: el abandono de Podemos del Pacto. Las razones las ha explicado tanto Álvaro Jaén, el líder actual de ese partido, como Irene de Miguel, su lideresa futura: ambos han insistido en que el Pacto es inoperante y apenas se ha reunido desde la manifestación del año pasado en Madrid; en que no ha logrado hacer que disminuyan las incidencias ferroviarias, muchas de ellas abochornantes y que atentan a nuestra condición de ciudadanos; y en que no ha admitido en su seno al colectivo ‘Milana bonita’.
Podemos tiene razón en que el Pacto ha sesteado desde el pasado año y los dos grandes partidos, PSOE y PP, han estado excesivamente pendientes del signo del Gobierno central para acentuar o atemperar su crítica según quién estuviese en La Moncloa. Esa actitud era previsible porque no es fácil modificar la conducta de socialistas y populares, que han estado tirándose los trastos a la cabeza durante décadas y responsabilizando al contrario del retraso histórico del tren en Extremadura. No creo que haya mucha gente que dude de que esa actitud ‘de partido’ –de ambos partidos– ha sido culpable de que estemos donde estamos. Pero la situación de deterioro y de postergación del tren extremeño ha llegado a un punto que PSOE y PP han tenido que abandonar su postura partidista para adoptar –mal que bien, con renuencias, con la boca pequeña, a la fuerza…, como se quiera llamar– una posición ‘de Estado’. Eso significa que tienen que aparecer unidos en esa exigencia: la cristalización de esa posición es, precisamente, el Pacto por el Ferrocarril. Ese órgano, aunque no lo parezca, es más ciudadano que político aunque quienes estén sean nuestros representantes y no colectivos sociales, porque significa la mejor oportunidad de los extremeños corrientes y molientes de evitar que en relación al tren vuelvan las banderías entre quienes tienen que gestionar que sea una realidad. Porque sin unión no somos nadie.
Podemos, al abandonar el Pacto, lo ha hecho más débil y –seguramente sin pretenderlo porque, según manifiesta, busca lo contrario–, lo ha situado más cerca de ser un órgano postizo de lo que era cuando estaba representado en él. Su posición es todavía más incomprensible porque al mismo tiempo que lo abandona se compromete a participar en las iniciativas que convoque y en cuya decisión, lógicamente, ya no va a tener ni arte ni parte. Un tiro en el pie de la unidad. Una buena noticia para los enemigos del tren extremeño.