Pedro Sánchez recibe hoy a Fernández Vara en La Moncloa, quien tiene previsto pedirle un plan de empleo extraordinario. Ya hubo uno. Lo anunció Rodríguez Zapatero en el 2004 y se comprometió a que el AVE estuviera en 2010; a construir la Plataforma Logística y a crear tres centros de investigación sobre agricultura ecológica, porcino ibérico y software libre.
Las respuestas sobre cómo están el AVE, la Plataforma Logística y aquellos centros de investigación son obvias, pero me inquieta más que las preguntas también lo son: ninguna ha variado respecto a las que se hicieron los que gobernaban 14 años atrás. En realidad, si algo define el sino de Extremadura es la empecinada realidad de sus preguntas -y sus respuestas- eternas: ¿por qué somos los últimos en empleo; por qué en infraestructuras; en Educación? ¿Por qué somos de los primeros en la lista de los pueblos más pobres? ¿Por qué en que nuestra juventud emigre?
Ayer se publicaron los datos del paro. Para Extremadura fueron malos: más parados y menos afiliados a la Seguridad Social. Si hubiese sido al revés, hubiéramos experimentado el alivio fugaz de la estadística, pero ni un año entero de cifras positivas nos han de librar de las preguntas y las respuestas sempiternas, que se resumen en que la inquietud sobre el futuro de esta tierra cada vez es más densa.
Imaginemos que hoy Pedro Sánchez aprueba un nuevo plan extraordinario de empleo para esta región y, además, a la medida de nuestra ambición. ¿Modificaría nuestro cuestionario histórico hasta el punto de hacer cambiar a las próximas generaciones de extremeños las preguntas y las respuestas? Mi opinión es no: en unos años volveríamos a necesitar ayuda. Seguiremos así mientras esperemos de fuera lo que no somos capaces de comprometer dentro. Sin nuestro esfuerzo mancomunado por salir de la situación en que estamos, ¿quién va a creer en nosotros? ¿Quién va a creer en nuestro futuro si nos bastamos para torpedear las pocas posibilidades que tenemos de mejorarlo? Alguien llega con un proyecto industrial y corremos a zancadillearlo; alguien aspira a extraer minerales del subsuelo extremeño y antes de presentar el proyecto ya se ha creado una plataforma que lo combate. Una de las grandes preguntas que tiene pendiente una parte de la izquierda extremeña es por qué ha abrazado tan entusiasmadamente esa corriente reaccionaria que tiene a Extremadura por una tierra paradisíaca a costa de convertir a la especie humana en la menos digna de protección. Suspiramos porque perdemos población de aves pero tenemos el corazón de piedra cuando perdemos población de jóvenes que emigran porque su medio ambiente se les ha vuelto hostil. Ya es hora de considerar a la población extremeña como una especie más en el catálogo de las que necesitan protección. Ni mejor ni peor que el cernícalo primilla, pongo por caso. Quizás así llegue el día en que el presidente de la Junta y el del Gobierno se reúnan en Moncloa y el extremeño empiece la entrevista preguntándole ‘¿qué podemos hacer los extremeños por el conjunto de España?’. No me digan que no sería un sueño.
PD: Este texto se publicó el martes 6 y mantiene los tiempos verbales y los adverbios acordes al día de la publicación.