Se supone que esta semana debería hablarles sobre Urdangarin, que dicen las malas lenguas, está haciendo más por acercar la tercera republica al país que el mismísimo Azaña; o por ejemplo, sobre Garzón, que esta vez ha sido absuelto por investigar -osadías de juez estrella- los crímenes del franquismo.
Pero sucede que a veces uno se cansa, de verdad. Se cansa de leer tanta mierda de tanto mierda. De tener que tratar con tantísimo mierdoso’ en éste pantanoso lago del amateurismo, que no es otra cosa que escribir mucho, y para muchos, sin recibir por ello un cochino maravedí. No es que tenga la pretensión de ser un perpetuo becado por la gracia de Dios, líbrenme ustedes. Ya a mis años, que voy para los treinta, se sabe bien de la mano de Valle, de la horrible muerte de Merlo, o de las penurias económicas de Bolaño, y poco a poco, a base de ejercitarse, se le va perdiendo el miedo -que no el respeto- a la pobreza, a la soledad, o a la incomprensión. En fin, que va dejando uno de soñarse Baudelaire ensimismado en la ventana, para pedirle a sus lectores y editores, que ya que no le dan de comer, muestren al menos un poquito de respeto –en la medida de lo respetable, por su puesto- los unos, y los otros, un mínimo de cuidado y dedicación a los textos de los que en muchas ocasiones se lucran.
Si no, que lo dejen a uno en paz irse con sus muertitos -como tan cariñosamente llaman en el otro lado del charco a sus difuntos-, al remanso seguro de un camposanto.