Torrente Malvido por Alejandro Nafrãa
“abatimiento sobre ningún suelo
cuyo abismo puede dar espanto
espanto de alcanzar el mismo cielo
en el más abyectos de los antros”
G. Torrente Malvido
La primera vez que vi a Gonzalo Torrente Malvido –el hijo díscolo de Torrente Ballester– fue en uno de esos antros de los que tan poco gustan los insignes de la poesía oficial, el Bukowski club. Un amigo habitual de Malasaña, se empeñó en llevarme a una de esas jam a las que acuden al grito de somos legión, las hordas pintorescas del verso incipiente. Después del multitudinario recital, coincidimos en la barra con el malogrado escritor, y mi amigo, Juanse Chacón, que por aquel entonces era uno de sus congraciados, hizo las delicias en aquel ágape pagano.
Aquella noche, y en muchas otras posteriores, de esas tan profundas e irreales que sólo pueden ser la noche de Madrid, charlamos con Malvido sobre Genet, Pound, Queiróz, el Portugal decadente y las bastas dehesas de mi tierra, que admiraba y conocía, porque -casualidades de la vida- había tenido una amante de mi pueblo, Olivenza, por el que escapaba al país vecino en sus años de malheur.
Y aceptó nuestra invitación de volver, -a gastos pagos, por su puesto, que yo tengo ya mucha literatura- nos decía. Y vuelta a la carga con Cravant, Tralk, Merlo, Haro Ibars y todos esos malditos que tanto le gustaban, y con los que rápidamente nos asoció. Hablamos también sobre el flamenco y sus juergas con Camarón, del que fue inseparable durante siete años, de la chupa verde que le había regalado Keith Richards en un mañaneo en el Ritz, y de tantas otras cosas de las que Gonzalo solía hablar con aquellos parroquianos de las tertulias, de los que un hombre septuagenario, solitario y sin hijos – quiso presentarnos a un sobrino que no llegamos a conocer- había hecho su familia.
Nunca le escuché mencionar que tuviera un Goya, ni un Café Gijón, ni que había sido finalista del Nadal con su primera novela Hombres varados. Todo eso lo leí en la prensa junto a la noticia de su fallecimiento. Pendiente quedó la visita que teníamos programada. Tal vez el destino quiso que fuese a otro jardín no menos exuberante, junto a Nerval, Serner, Artaud, Rollinat, ese lugar de vegetaciones siniestras, al que a falta de cielo, van a parar los poetas. Ese lugar que a partir de hoy convendremos en llamar, “El jardín de los malditos”.