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De chutes y puntapiés

 Es una noche de verano, de finales de verano, cuando septiembre en sus postrimerías declina hacia el otoño inevitable. Hay en el aire una dulzura de biznagas y azahares, de brezos y enebros que el aliento tenue del mediterráneo mece sobre las calles una Málaga de ensueños hamudíes. Pero estamos en 1979, o puede que ya en los primeros ochenta. Un joven barbado y vigoroso, camina de la mano de su novia Merche. Ambos regentan un bar, y él además escribe, o mejor dicho, escribía, porque lo cierto es que hace tiempo que ha dejado de reunirse con los chicos del Grupo 9, y de mandar sus versos a la revista Luna de Madrid, o a Antorcha de paja, y de acudir a las asambleas, y de colaborar en antologías, e incluso puede que deteste su poema más famoso de entonces, Dos cuchillos, que el grupo de Folk-rock Aguaviva musicó para su disco Poetas andaluces de ahora,  que tuvo gran repercusión en la época. Y es que ya no tiene tiempo para todo eso, porque ha vendido su tiempo. Ya no camina, si no que corre, se arrastra atropelladamente -con Merche de la mano o de la mano de Merche- por las calles del centro hacia La Trinidad, o siguiendo el cauce sordo del Gudalmedina hasta La Palmilla, en busca de un colérico pinchazo, de un furioso chute que le amanse los tigres internos. Después, a veces, dormidas las sierpes de la guarda, sedados los cíclopes del tálamo, corrige viejos poemas, no escribe, pero reescribe versos púberes, bosqueja ininteligibles epigramas… está preparando sin saberlo un proyecto mucho más ambicioso: estructura sus Obras Completas. El joven poeta, aun no sabe que nunca será otra cosa que eso, un joven poeta…

 Ahora ya es otoño, pero estamos en otro lugar, no muy lejano,  –y la Magia de la literatura reside precisamente en esto, en que lo lleva a uno a donde le da la gana-  allá por octubre de 1994, en las proximidades de otro río, el Guadiana, donde Paco Lobo, de Lobo Records, de sobra conocido dentro y fuera de los ambientes musicales del terruño, ultimaba los detalles para un concierto en la plaza de toros de Olivenza, cuando allí se hacían otras cosas aparte de lidias y mítines del PP, claro. Contrabando Legal presentaba en cartel a Inlavables, Los Enemigos, y la que a pasaría a ser la banda de punk-rock más mítica de Portugal: Xutos e Pontapés. La afluencia de público, de unas seiscientas personas, venidas supongo, que de toda la comunidad y del vecino Alentejo,  entre ellas, jóvenes no muy distintos a los de la descabezada Málaga anterior, pudo escuchar, vibrante ante el estrépito eléctrico de las guitarras, himnos del rock portugués como Circo de feras o tal vez Chuva disolvente, junto a temazos de títulos tan sugerentes como La otra orilla, o El gran calambre final, de Los Enemigos, y a Gene, en la etapa más rockera de Inlavabales, desgarrándose la garganta con el Don´t Touch Me. Toda una fiesta monumental a dos calles de mi casa, donde imagino, yo estaría ya a esas horas dormido como el niño que era entonces.

 Trece o catorce años antes de ese antológico concierto, en un día fúnebre de un mes incierto de 1981, encontraban, tras la barra de su propio bar, el cadáver yaciente de Fernando Merlo -el joven poeta malagueño que no conoció los treinta años- y colgando aún de su cárdeno brazo, la jeringuilla que le suministró el chute letal, cerrándole de un puntapié, todas las puertas de la Vida. En sus bolsillos encontraron dos premonitorios sonetos, A mis venas y Oasis, incorporados como última parte del libro Escatófago, que sus amigos publicarían un año después de su muerte, reeditándose exitosamente en 1992 y en 2004, con portada de Miquel Barceló.

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