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La mano que me sobra

 Uno piensa mucho en esto de escribir. Sobre todo piensa, porque ha sido siempre un trabajador fatigable, y ha escrito sólo por la imperiosa necesidad o el gusto mismo de hacerlo, o sea, cuando las musas, siempre caprichosas, le han tocado las castañuelas o se le incrusta, de vez en vez, una tuerca en los intestinos. Por eso a veces duda del escritor profesional, porque tiene que ajustarse a unos tiempos impuestos, a unas determinadas exigencias del mercado, a una prosodia estricta, y claudica, como claudican los santos y los mártires en la más alta renuncia -que es la de uno mismo- pero ante un dios material que nada tiene que ver con lo divino. Así que éste –perdonen que les hable tanto en tercera persona, entiendan que lo hago para desvincularme de mí- sabe que su oficio es otro, y que ser escritor, que es cosa bien distinta de ser un grafómano remunerado o no, consiste en mirar hacia el mundo con un láser orgánico, en tomarle el pulso a su tiempo, en buscar petroglifos en las cavernas del alma.

 Claro que con una visión tan anacrónica del asunto, probablemente tenga que volver para subsistir al telúrico afán de los ancestros, a domar el barro con  las manos -estas mismas que ahora, como pájaros inquietos, revolotean sobre las teclas en un espanto de lluvia-, a urdirle en las entrañas a los surcos para extraer de ellos el fruto que lo sustente. Porque estamos en Extremadura y aquí ya se sabe… no en vano el Financial Times ha elegido Montijo como ejemplo ilustrativo de las cosas mal hechas. Tenemos una cifra de parados desorbitante, y cerca de un cuarenta por ciento de la población está en camino de atravesar eso que llaman tan poéticamente, los umbrales de la pobreza. La  historia está más cruda aún para los jóvenes, que vemos, ante la imposibilidad de trabajar en un empleo acorde, como nuestras intenciones de seguir formándonos en master y postgrados, se truncan por el encarecimiento de las matriculas, que ya a duras penas conseguíamos pagar; y por la mala conciencia que supone ser una carga para las familias, mermadas por la insidia y las estrecheces económicas, nos vemos obligados, en el mejor de los casos, a aceptar trabajos precarios en la adusta realidad de una región agreste. Vamos que a coger espárragos, o tomates, o lo que toque, se ha dicho. Por otra parte el panorama político es descabellado, tanto que la gente ya no sabe si reafirmarse en haber votado a la derecha, o ir corriendo a auto-inmolarse en el ayuntamiento más cercano. El PSOE sigue emperrado en la disparatada idea de montar una refinería en la fértil Tierra de Barros, en plena decadencia del petróleo, y PP e IU, que se las entienden, no se si demasiado bien, forcejean en los tramites para aplicar en la comunidad una reforma laboral que podría calificarse de golpe de estado financiero.

 En días como hoy, me acuerdo que mi abuelo solía decirme tras leer alguno de mis textos que por entonces comenzaban a publicarse, que para ser un gran escritor –entiéndase, profesional- ya solo me faltaba el dinero. Quizás mi abuelo por una vez se equivocara, y puede ser que no me falte nada, si no que más bien me sobre. Tal vez para ser escritor me sobre una mano. Como a Valle, como a Cervantes. Que altivo iría yo por las avenidas, por los parques públicos, luciendo mi extremidad disminuida, ensoñado en los versos hermosos de un manco, mostrando la perturbadora belleza del idílico muñón… De modo que aprovecho desde aquí, desde este espacio virtual que los señores del Hoy han tenido a bien concederme, para instar a todos esos funcionarios de la cultura, editores mercaderes, y demás aludidos por mis artículos en éste y otros medios de difusión que lo deseen, a que me den hora y lugar para un duelo a garrotazos, a la vieja usanza, como hicieran tantos célebres románticos para mitigar sus cuentas. Pero eso sí que me apunten a la mano, que yo por mi parte, prometo no devolver el golpe.

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