Es una noche de primeros del año 1781. Un joven de veintitrés años, ataviado de bandolero, cruza huyendo la frontera hacia Portugal. El gobernador de Sevilla, Francisco de Bruna y Ahumada, ha ofrecido 1.500 reales a quien entregue su cabeza, y veinte alguaciles de la compañía de escopeteros lo acechan desde Sierra Morena con la vehemente avaricia que despierta el cuantioso botín. Es una noche hosca de luna muda. Sólo resuena en las espesura un sofocado piafar ecuestre, y el crepitar cercano de encinas y coscojas que ceden ante las cabalgaduras de los perseguidores. Diego – que así se llama el fugitivo-, ha sido delatado y busca entre las gentes humildes de la sierra, en los cortijos y las ‘majás’ de Alor, alguien a quien pedir un caballo de refresco para emprender de nuevo la precipitada fuga, como en tantas ocasiones anteriores. Pero esta vez están demasiado cerca. La frontera no ha conseguido frenar a los hambrientos escopeteros, y a estos se ha unido un regimiento de la infantería portuguesa, que venido desde la cercana ‘Vila de Olivença’ se aposta en las inmediaciones del Pozo del Caño, en las faldas de la sierra, para disparar al joven como a un animal batido. En su refugio, Diego, tal vez consciente de su destino, se ajusta las polainas, se hecha al cinto el ‘naranjero’, de cañón corto y boca ancha, carga en la montura vaquera sus tahalíes de hermosos troquelados vegetales con cuatro pistoletes, y cabalga sierra abajo, para huir o batirse, cara a cara, con su suerte…
Diego Corrientes, el famoso bandolero capturado en Olivenza.
Hay en la biografía de Diego Corrientes, el bandolero generoso, todos los componentes necesarios para reescribir una tragedia griega o una obra de Racine, esto es, desgracia y juventud. No en vano, ha sido ficcionado en numerosos romances populares, aparece como héroe en el desarrollo de la novela picaresca, y posteriormente, ya a finales del XVIII, pasaría a encarnar, casi más puramente que ningún otro personaje hispano, el ideal del Romanticismo. Son tantas y de autoría tan dispar las fuentes que aluden al utrerano, que dificilmente podríamos hacernos una idea fidedigna de los hechos que acontecieron en su vida. Por ejemplo, en el caso del delator, la mayoría de las variantes señalan a uno de sus compinches, que habiendo caído prisionero del yugo de Bruna, reveló bajo tortura la situación del escondrijo. En cambio en mi pueblo, donde fehacientemente fue apresado cuando ‘a vila’ aún pertenecía a territorio portugués, veinte años antes de la Guerra de las Naranjas, se cuenta que fue una amante despechada, una oliventina azarosa, quien guió a los captores hasta el refugio. Diego Corrientes, podría perfectamente compararse en su calidad de personaje literario al gaucho Martín Fierro, pues como él, y a pesar de haber gozado de una existencia mundana, dio lugar a todo un subgénero de aspectos perfectamente definidos. El mito trágico adquiría entonces las formas de un andaluz audaz y valeroso, con rasgos de donjuanismo, que robaba a los ricos potentados, para hacer a su modo una suerte de justicia social.
…De pronto, se hizo un estruendo de escopetas y trabucos, el olor de la pólvora saturaba la atmósfera de nitrato potásico y azufre, los soldados teñían con su sangre el rojo suelo de Alor. La brava resistencia se dilataría hasta el amanecer, cuando exhausto y sin munición, Diego Corrientes, el temido bandolero, era apresado y transportado a la cárcel de Badajoz. El 30 de marzo de ese mismo año y sin imputársele mayores crímenes que el de asalto y robo de caballos, pues –y en esto coinciden todas las fuentes- jamás cometió homicidio alguno salvo en propia defensa, era ejecutado por ahorcamiento en Sevilla, en la plaza de San Francisco, ante una multitud compungida. Su cadáver fue descuartizado y expuesto como escarmiento para otros salteadores en los cruces de caminos más transitados de la provincia. Su cabeza colgaría de un gancho en el mismo lugar donde en otro tiempo, osó atracar la diligencia del cabildo Francisco de Bruna. Y así, de esta macabra manera, es como acaba la vida del hombre, un joven forajido hijo de pobres labriegos, para dar con su muerte, origen a la leyenda.