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Werther y yo

Sobre todas las cumbres
hay paz.
En todos los árboles
sientes apenas
un hálito que pasa.
Los pajarillos callan en el bosque.
Espera, que pronto
tú también reposarás.

Goethe.

  No podría precisar el año, pero es seguro que yo tendría menos de doce, porque aun no vivíamos en el pisito nuevo, que todavía –creo- mi madre sigue pagando. Probablemente fuese primavera, puesto que la sintomatología que ahora me acucia: este escozor en los ojos, este moqueo incesante; y la adversidad del clima, cuando mayo en sus postrimerías por primera vez nos impacta, como un aviso, con la canícula estival del junio que se aproxima, me remiten al recuerdo. Sí, sin duda era primavera. Como olvidar aquellas tardes inmensas, aquellas mañanas de absentismo escolar, que encerrado en casa -mientras mis amigos cazaban las primeras lagartijas o estudiaban a Benavente- vivía pegado a la mascarilla del vaporizador de antihistamínicos, con un fastidio resignado de niño levemente enfermo.

 No se estaba mal, a pesar del calor y las molestias alergógenas, en la casa de mis abuelos. Mi madre no estaba, trabajaba mucho entonces, y tampoco mis hermanas que privadas de mi suerte estarían en el colegio, así que sería por la mañana. Solía elegir para sentarme a respirar los paliativos gases, una silla de madera que colocaba junto a la puerta del patio -cerrada a cal y canto, a las gramíneas y al polen- para poder mirar a través de los postigos, por los que entraba una luz irradiante, casi cegadora, esa gran variedad de colores y formas, de plantas y flores, que mi abuela colgaba de la pared frente al umbral, y cuyo contacto y aroma me estaban vedados. Elevando la vista un poco, más al fondo, se alzaban, gigantescas a la mirada de un niño la torre del homenaje y las murallas del castillo, que el cielo recortaba en silueta con su azul indiferente.

 Mi abuelo, que era devoto de Manuel Alcántara al modo en que su esposa lo es de la virgen de Chandavila, de una forma un tanto aconfesional y distante, leía el Hoy con pasmosidad altiva de militar retirado, y yo tal vez por imitación, me acerqué a la estantería a por un libro sobre el que reposar el paroxismo de las horas y los medicamentos. De entre los cientos de volúmenes que había en la sala, tomé uno, que hacía poco tiempo había visto correr de mano en mano entre las amistades de mis padres, y que tal vez por ello desprendía para mí un misterio y un magnetismo imposibles de eludir: Las desventuras del jóven Werther.

 El ejemplar, que desde entonces, más que haber heredado, he incautado de la colección de mi madre -que ahora no lee a Goethe, ni a Sartre, ni a Hesse, ni a Dostoyevski, porque ya se los sabe, y no sólo de haberlos leído-, tenía en la cubierta un retrato en azul con fondo verde del autor, y en su interior, ilustraciones tipo grabado de Jaime Azpelicueta ¿Cómo evitar la identificación con aquel personaje enfermizo, pasional y algo deprimido, que surgía de aquellas páginas como una aparición reveladora? Aún, cuando ojeo de tanto en cuando este ejemplar, puedo sentir la reconfortante presencia de mi abuelo, entre vapores y canturreos de adormecedora cadencia portuguesa que emanaban de la cocina…

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mayo 2012
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