“un aire de antaño canta y se querella
en la diminuta cámara suntuosa
en donde palpitan los perfumes de Ella“
Paul Verlaine
Hay un cine y una calle. Una calle corriente de una ciudad cualquiera, con una multitud de transeúntes y de ruidos urbanos –el ladrido agudísimo e imbécil de un chiwawa que pasea a una señora gorda, el estrépito chirriante de un autobús en frenada, un tipo desaliñado que grita desde la otra acera: Struggle for a live!!-.
Una pareja se detiene a mirar la cartelera. Ella va como colgada del suéter de Él, ese suéter de rayas que huele a tristeza y a tabaco de liar, y que… -Le queda tan bien – piensa mientras él está que si Bergman, que si Tarkovsky, dale con el neorrealismo italiano, dale con Visconti, etc. y sonríe porque en el fondo le aburren esas películas antiguas en las que casi siempre se queda dormida, y él, entonces, se siente caer como por un agujero, y la agarra, la huele mientras duerme, porque siente como que resbala en un pozo hecho de algo que nada tiene que ver con la materia, la respira profundo y huele a tierra-hembra, y a mar, a fruto de mar que huele a sexo florecido, y a arrollo, entonces él sabe que la quiere porque huele a tierra-hembra y a mar, y a promesa de la espuma, y a ola… y sucede que se salva en ese instante, y el agujero/pozo se deshace bajo su culo.
-¿Porqué no ponen nunca éstas películas en los cines? ¡Dios!, la cartelera es terrible, abominablemente detestable.
Y continúan caminando ya que de todos modos no tienen dinero para el cine, pero no les importa porque saben que pasear, que soñar, que hacer el amor es gratis. Y se van a sentar a un parque donde seguramente es otoño y él enciende un cigarrillo y calla. Unos niños alborotan lejos mientras sus madres fingen ignorarse leyendo revistas atroces de esas que llaman del corazón. Ambos, miran las hojas secas del parque mientras ella dice no se qué de su padre, y él la envidia un poco porque puede mirar las hojas y ver las hojas, vivir-las-hojas, sin pensar estúpida, necesariamente en Pissarro, en Verlaine, en Yves Montand, en C’est une chanson qui nous ressemble/ Toi, tu m’aimais et je t’aimais, y toda esa cultura/basura-mental que lo tiene siempre en guardia, como esquivando realidades paralelas. Pasa un perro callejero y se para junto a ellos que lo acarician –Mira, que simpático ¿No te gustaría tener uno? Parece tan sucio, tan abandonado- y él asiente, porque claro que le gustaría cuidar un perro, y una casa propia o de alquiler, y un trabajo, y a ella, amantísima, que también cuidara de él, de su trabajo, de la casa y del perro, Et nous vivions tous deux ensemble/ Toi qui m’aimais, moi qui t’aimais, y así dejaría de perder el tiempo en las ciudades, que son la misma con el tiempo, y de huir, y de pensar en canciones tristes y en gatos en los tejados de Luxemburgo… El perro le arrima el lomo, y él lo sigue acariciando, cada vez con más intensidad, con ritmo vívido, creciente, Mais la vie sépare ceux qui s’aiment/ Tout doucement, sans faire de bruit, y vuelve a sentir esa desmaterialización en las posaderas, ese horror vacui que le empieza por el culo como un vértigo del intelecto, Et la mer efface sur le sable/ Les pas des amants désunis, y el viento del norte que arrastra les feulles mortes, y el día gris a las orilla del Oise de Pissarro, y todo Verlaine, y el perro al que acaricia ya con vehemencia, y el agujero/pozo que lo absorve como al agua que traga el lavabo, y ella que irrumpe de pronto:
-¡Que te pasa! ¿Estás llorando?
Y él que replica:
-No. Mejor vayámonos a casa a ver una de Tarkovsky.