Los toros no se conciben sin la muy sana y muy fecunda división de opiniones. La libertad que atraviesa la tauromaquia y la preña; en los ruedos, en las tertulias y aún en los tendidos. Rafael vivía a su aire. Toreaba a su aire, allí donde dobla el compás, en una región tan cercana a la gloria como a la espantá.
Rafael Gómez Ortega, el Gallo, era hijo de Fernando el Gallo, también torero, y hermano de José, Joselito el Gallo para la historia, el rey de los toreros. Tenía el clasicismo de Lagartijo en la muleta,… pero en las venas la sangre gitana de los Ortega. Tomó la alternativa en 1904 y, con suerte diversa, se mantuvo entre los de arriba hasta su despedida en Barcelona el 4 de octubre de 1936. A medio camino siempre entre el delirio y la bronca, nunca negó que antes que una mala cornada prefería una buena comisaría.
Díaz Cañabate cuenta una anécdota que define al personaje. Volvía en tren a Sevilla tras torear en la feria de Córdoba. Allí coincidió con un amigo de Madrid que le preguntó por cómo había ido el compromiso. Rafael, taciturno, se limitó a contestar que hubo división de opiniones. No contento con tan vaga respuesta, el madrileño insistió. “¿Divididas? Entre tú y el Bomba, supongo.” A lo que el Divino Calvo respondió: “No, entre los que se acordaban de mi madre y los que preferían mentar a mi padre.” Y encendió su habano.