Cigarrero.
Ante todo, cigarrero.
De la calle al río.
Calle Cervantes,
donde se derramó la gracia,
que lo parió la tierra
con el arte bailándole en las entrañas.
.
Él es tierra,
y si la tierra le falta, marchita.
Él es río,
rumbo a la mar en un velero.
.
Él es el niño torero,
el hombre que anhela
torear, como el niño,
por instinto.
.
Él, un traje azul celeste,
limpio, hondo y neto,
de niño que vela y sueña
la luz en los vuelos de su capote,
y el vaivén de su muleta en nubes de caramelo.
.
Él y el duende,
dos,
dos que hablan de faenas imposibles,
cuatro ojos clavados en la puerta de toriles.
.
Él es un mundo interior que torea,
la armonía,
la marea en la seda de sus manos,
agua fresca de un venero
que no se agota.
.
Él es el compás,
la mano que acaricia la embestida,
la que acuna el temple,
despacio,
como se ama,
despacio,
donde rebosa el alma.
.
Él, poeta de no hay billetes,
cantor del toro que le habita
y, como el toro,
barroco, intenso y negro.
.
Él, que nació para el arte,
anda y viste en torero,
la pasión por montera,
y el destino,
inapelable y cierto,
de torear solo para los adentros.
.
Él, porque en él
el arte puede al miedo.
.
Él, la quintaesencia.
.
Él, el que tiene planeta propio,
y, en el halo de su gloria, un habano.
.
Si no existiera…
¿a qué Dios que nos lo trajera?
.
Él es, José Antonio,… Morante de La Puebla.