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Carmen Merino

Haciéndome la sueca

Gafas de mil colores

Tengo el blog “abandonaito”, ¡lo sé! pero ha venido una época de  reencuentros y entre unas cosas y otras no he tenido tiempo ni para sentarme delante del ordenador.

 

En realidad no sé ni por donde empezar porque todo ha sido muy rápido y lleno de millones de sentimientos; de alegría, tristeza, añoranza, inseguridad, seguridad, fortaleza, dudas…Pero ya todo ha pasado, como si se hubiera tratado de un sueño de una noche, tan rápido que parece que no me he ido y parece que no he vuelto.

 

Dejé las cosas en Suecia en perfecto estado, me sentía genial, y ya por fin estaba sintiendo que mi periodo de adaptación se estaba terminando. Llegó el día 13 y me pegué un viaje de 20 horas, tan cabezona que quería hacerlo todo en un sólo día, tenía tantas ganas de ver a todos los que me quieren que me dieron igual las migrañas (mis fieles compañeras en momentos difíciles y de estrés) y el cansancio. Quizá debí haberme quedado en Madrid a descansar un poco pero las ganas me podían…y me pudieron. Y después del viaje más largo de mi vida llegué a mi destino; Badajoz.

 

Allí han sido unos días muy extraños, me ha pasado de todo, desde estar enferma los dos únicos fines de semana que tenía, hasta encontrarme con situaciones que no me esperaba para nada y que en algún momento que otro me han hecho desilusionarme y plantearme si realmente hice bien en comprar ese billete de avión aquel día…Pero bueno, siempre nos solemos fijar sólo en lo malo, nos quejamos, sentimos que somos las personas con más mala suerte del mundo, nos preguntamos porqué nos pasa todo lo malo a nosotros, cuando realmente no nos paramos nunca a pensar en todas las cosas maravillosas y buenas que tenemos alrededor mientras nos pasan esa cosas que menos nos gustan. Y en ello me centré, en todo lo bueno que había en Badajoz esas dos semanas y no ha salido mal del todo; conversaciones con mi abuela, reír con las mil risas de mi sobrino ahora rubio, ir de compras con mi madre, conversaciones que era incapaz de parar, risas otra vez…muchas risas con mis amigos, bailes con vaso en mano, abrazos…muchos abrazos, arañazos por jugar con mi gata, y risas, de nuevo, muchísimas risas, por lo que piensas…¿y ahora qué? ¿de qué te piensas quejar ahora? la vida sigue y a veces llegan cosas que no nos gustan, pero es que la vida pasa, sigue, cambia y vuelve a pasar, y ahí hay que estar, valiente, con  ganas para que nada de lo que pase pueda estropear ni un solo día.

 

Por todo ello mil gracias a todos, y cuando digo a todos es a todos y cada uno de vosotros, que me habéis dado un empujón de los grandes para seguir afrontando esta aventura.

 

Y sin apenas darme cuenta pasaron las dos semanas, y tuve que volver a coger ese avión, ese tren y ese autobús y aquí estoy de nuevo, en Oskarshamn, sentada en mi cocina, como si no me hubiera ido,pero…¡ “pa fuera” las tristezas!, no pienso tomarme esta visita como una añoranza si no como una inyección de ¡ganas! Y bueno, pasar de estar con muchísima gente a la soledad puede que sea bastante  duro, pero si lo piensas bien es simplemente diferente, hay que sacarle el jugo a ella, a la soledad, que parece que es mala, pero se le puede exprimir y disfrutar de ella. Eso estoy aprendiendo aquí, y a medida que lo vas aprendiendo, vas disfrutando, vas creciendo, te vas conociendo y todo esto lo podría resumir en una palabra: ganas.

 

Porque según con las gafas que mires tus momentos, así serán. No hay días buenos ni malos, hay gafas de colores o gafas rotas y hay que ser un gigante valiente y con ganas para no dejar en la mesilla nunca esas gafas de mil colores…

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