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Ciencia Fácil

La Tierra, un planeta lleno de seres vivos a los que conocer y respetar

01-un-planeta-a-compartirEs bien conocido que los seres humanos aprecian y se benefician de un trato afectuoso entre ellos, una caricia o un abrazo enriquecen su día a día y hasta toda su vida; no debe por tanto sorprendernos si muchos de nuestros colegas vivos, tanto del reino animal como vegetal, obedecen al mismo estímulo.

La mayoría de las personas que tienen mascotas, como gatos, perros u otros animales, son testigos del enorme flujo de cariño que se intercambia entre los humanos y sus mascotas; incluso, más allá de esas mascotas, digamos clásicas, son frecuentes los episodios de afecto con animales bastante más dispares, como caballos, osos, toros, leones, elefantes y un largo etcétera. Afortunadamente, la mayor parte de las veces, estas relaciones están presididas por el respeto y el cariño, aunque desgraciadamente existen también excepciones.

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Abundante, aunque menos frecuente sin embargo, es el caso de quienes sienten admiración por las plantas, y desde luego es raro que entre humano y planta exista esa relación de afecto que es tan frecuente entre personas y animales. No obstante, entre los aficionados a las plantas, se mantiene la teoría de que si quieres que crezcan sanas y floridas, debes dirigirte a ellas hablándolas con cariño, porque las plantas sienten… y padecen. Me van a permitir ustedes que, sobre este tema en concreto, les invite a ojear un artículo anterior, que titulé precisamente “Lo siento, soy una planta, y que pueden enlazar “cliqueando” (horrible palabra) sobre el citado título.

Como el tema de “la conducta” del reino vegetal en general, es bastante menos conocido que el caso del reino animal, dedicaré este artículo a algunos aspectos de esa inmensa población viva que es la vegetación que puebla nuestro planeta Tierra. No cabe duda de que, entre los miembros de la pequeña escala vegetal, existen hierbas con una gran influencia en la salud humana, desde sus infusiones hasta sus casi ilimitados productos derivados; pero, tirando por elevación, elegiré a los representantes más voluminosos… LOS ÁRBOLES.

Es conocido y aun aceptado, hasta un elevado nivel, que los árboles pueden aportarnos efectos positivos para nuestra salud, en casos como la depresión, los bajos niveles de concentración, el estrés, y hasta en algunas formas de enfermedad mental. Se ha encontrado que pasar tiempo cerca de los árboles, no sólo paseando cerca de ellos por el bosque, que también, sino abrazándolos físicamente, nos puede ayudar a mejorar nuestra salud, tanto física como mentalmente. Y esta mejoría parece ser más significativa en el caso de los niños, que han mostrado una mejora psicológica y fisiológica significativa en su salud cuando están involucrados con  árboles. Algunas investigaciones mostraron que los niños funcionan mejor en entornos verdes y son más creativos en ambientes naturales.

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En artículos científicos publicados por la Universidad de Stanford se afirma que los espacios verdes pueden llegar a ser tan eficaces como los medicamentos recetados para el tratamiento de algunas enfermedades mentales, asegurando que la naturaleza es realmente eficaz para aliviar los síntomas de la depresión, e incluso fortalecer la atención y la memoria en el trabajo.

Incluso desde el punto de vista de la salud medioambiental, los árboles podrían ser una buena ayuda en la solución de la cada vez más preocupante contaminación en las grandes ciudades; se ha medido que cerca de la mitad de las partículas contaminantes, perjudiciales para la salud, contenidas en el aire de las calles de núcleos urbanos,  podrían ser capturadas simplemente plantando árboles a lo largo de todas aquellas calles que urbanísticamente lo permitan.

Los árboles de los bosques tropicales crecen muy pegados los unos a los otros. En algunos casos, las copas hacen que la luz apenas llegue al suelo. En otros, lo hace a través de rendijas que parecen creadas por un artista. No hay un argumento científico aceptado de forma unánime que explique por qué ciertas especies de árboles dejan de crecer justo cuando sus ramas van a chocar con las de otros árboles vecinos. Se trata de un fenómeno natural que suele ser denominado “timidez de los árboles”. Esta curiosidad cautivó a muchos usuarios de Twitter no hace mucho.

El término timidez de los árboles (crown shyness, en inglés) fue acuñado en los años 50 por el botánico australiano Maxwell Ralph Jacobs en su libro “Hábitos de crecimiento del eucalipto”. Sostiene que este fenómeno se produce debido a la abrasión que producen unas hojas contra otras cuando se rozan, debido al viento que mueve los árboles.

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Otro de los expertos que más ha estudiado la timidez de los árboles es el botánico francés Francis Hallé. En un artículo titulado Arquitectura de los árboles, considera que este fenómeno tiene una raíz genética. El propio Hallé reconoce que el porqué del fenómeno de la timidez de los árboles está al límite de nuestro conocimiento; de momento, no hay ningún experimento que explique razonablemente a qué se deben esas líneas de separación, salvo la propia competencia por el acceso a la luz solar.

Son las figuras escondidas en la naturaleza, y para algunos expertos, este fenómeno natural es otro ejemplo de la geometría de la naturaleza. Las formas que se encuentran en bosques, mares y desiertos obedecen a patrones matemáticos. En algunas galerías fotográficas de National Geographic hay ejemplos representativos, como los copos de nieve, los arrecifes de coral o algunas flores. Las formas de los árboles se parecen a los fractales que se pueden encontrar en otros entornos naturales y que fueron descritos por el matemático Benoit Mandelbrot.

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Una forma de respetar a los árboles es bien conocida por algunos arquitectos, que no sólo dejan su lugar a quien lo tenía antes, sino que tienen la habilidad de integrar a la naturaleza, en este caso el árbol, en la obra a acometer. En ese sentido, el genial arquitecto Antoni Gaudí fue un paradigma de respetar el árbol que estaba y de incluirlo, con su imaginación, incluso cuando no estaba.

Adolfo Marroquín Santoña

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Sobre el autor

Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.


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