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Adolfo Marroquín

Ciencia Fácil

El día a día en la Base Antártica Española

(Izquierda) Bahía Sur de la isla Livingston desde una colina, con el Buque Antártico Las Palmas fondeado. (Derecha) El módulo de habitabilidad de la Base Antártica Española.

 

La Base Antártica Española “Juan Carlos I” (BAE, para abreviar) está situada a 50 metros de la orilla y a 12 metros de elevación sobre el nivel del Océano Antártico, en la Bahía Sur de la Isla Livingston (62º39’46” de latitud Sur, 60º23’20” de longitud Oeste), perteneciente a las Shetland del Sur, al pie de un monte al que se puso el nombre de Reina Sofía, y rodeada por las estribaciones montañosas y los glaciares de la península Hurd, por lo que la única vía de acceso es la marítima.

 

El conjunto de módulos que constituían la BAE, durante mi primera campaña antártica, estaba formado por contenedores tipo marino, de 6 x 2.5 metros, ensamblados entre sí, formando las distintas unidades. Así, el módulo de vivienda estaba constituido por cuatro contenedores, formando una “U”, con una superficie útil total de 60 m2, el resto de los módulos como el de cocina, víveres, taller-almacén, generadores eléctricos y finalmente el módulo científico, estaban instalados en sendos contenedores, de 15 m2 para cada uno de ellos, separados unos de otros para prever la contingencia de que un incendio se extendiera a todos.

 

En ninguno de los módulos sobraba el espacio: se dormía en literas de dos pisos, el equipo de radio estaba materialmente empotrado en un pequeño espacio al pie de las literas, la utilización del servicio, del lavabo y de la única ducha (bastante rudimentaria) había de ser programada cuidadosamente para evitar “embotellamientos”, y el módulo científico, con sus 15 m2, debía ser compartido por los científicos y por todo el conjunto del instrumental de trabajo de los mismos.

 

Esta primera expedición la formábamos diez personas, de los que cuatro constituían el equipo técnico de apoyo (Jefe, radiotelegrafista, mecánico y cocinero) y los otros seis el equipo científico, cada uno con su programa específico (oceanografía, geología, geofísica y meteorología-climatología).

 

 

(Izquierda) Módulo científico de la Base Antártica Española. (Centro) Lanzamiento de un globo piloto para radiosondeo termodinámico y de ozono. (Derecha) Gráficas de los datos obtenidos del sondeo hasta cerca de los 30 km de altura.

 

El programa de trabajo de meteorología y clima de la expedición no daba, desde luego, lugar al aburrimiento, cada tres horas, durante las 24 de cada día, se efectuaban observaciones de todas las variables meteorológicas, se cifraban los valores, mediante las oportunas claves internacionales, y los partes resultantes eran transmitidos por radio a la Estación Concentradora instalada en la Base Antártica Argentina de Marambio, desde donde la información era enviada al continente americano, y desde allí al resto del mundo.

 

En el tiempo disponible entre esas observaciones trihorarias, se efectuaban medidas de otros parámetros meteorológicos no incluidos en los partes anteriores, como la turbiedad atmosférica, los niveles de irradiación, en particular la irradiación ultravioleta, para tratar de correlacionarla con las variaciones de contenido de ozono estratosférico, la temperatura a diferentes profundidades del suelo tanto del hielo como del “permafrost” (suelo antártico permanente helado), etc.

 

Otra de las actividades interesantes, desde el punto de vista científico, era la realización de sondeos termodinámicos y sondeos de ozono, los primeros para establecer el perfil vertical de temperatura, humedad y viento sobre la Antártida, y los sondeos de ozono para evaluar las alteraciones producidas en la ozonosfera, es decir para comprobar el estado del popular “agujero de ozono”, bien conocido gracias a la difusión de que es objeto por los medios de comunicación, que permanece cada año sobre la Antártida. También se trataba de detectar si el calentamiento global que está sufriendo la Tierra, como consecuencia del efecto invernadero, tenía su reflejo en la Antártida.

 

Quiero dejar constancia aquí de la entrañable compañía que me aportó, día a día durante toda la campaña, mi amigo, al que yo llamaba el “pingüino disidente”, curioso ejemplar de pingüino barbijo que, a diferencia de sus colegas que habitualmente se reúnen en grandes grupos, de cientos o miles de ejemplares, éste se separaba del grupo y me acompañaba en mis desplazamientos durante las observaciones o tomas de muestras por los alrededores de la BAE.

 

 

 

Hay un hecho que no puede olvidarse y es el de que las plazas disponibles para los expedicionarios en una Base Antártica son “habas contadas”, y además “habas muy caras y preciadas”, por lo que cada hombre y cada equipo científico ha de ser capaz no solamente de ser autosuficiente, sino de contribuir a la parte de servicios compartidos que la vida en comunidad exige. En este sentido tal vez nuestro único lujo era el cocinero, si bien el hecho de que también hacía las veces de carpintero, de conductor del tractor oruga y otras dos o tres cosas más, hacía que no siempre se pudiera contar con él, pero desde luego el resto de los servicios había que cubrirlos escrupulosamente por riguroso turno.

 

Los diez expedicionarios (los seis científicos y los cuatro técnicos) formamos cinco equipos de dos miembros que, una semana de cada cinco, se encargaba de cumplir las siguientes tareas, al margen de las científicas y/o técnicas:

1.- A las 7,00 hora local antártica, preparar y servir el desayuno, despertar “suavemente” (hay que admitir que esto no siempre se cumplía estrictamente) al resto de los miembros para que se incorporaran a sus labores, y después retirar, fregar y guardar ordenadamente “el servicio”.

2.- Barrer y fregar el módulo de vivienda, el módulo científico y las demás dependencias.

3.- Preparar la mesa, servir la comida y, en su momento, la cena, y nuevamente retirar, fregar y guardar todo el utillaje.

4.- Recoger y empaquetar, claramente clasificada, toda la basura y residuos generados a lo largo de la semana, para su posterior envío al continente americano, dado que el Tratado Antártico prohíbe la acumulación de residuos en territorio antártico.

5.- Algunas otras de menor o mayor cuantía pero que es mejor archivar en la memoria, como es el caso de la pseudo – fosa séptica, tema sobre el que evitaré escatológicas consideraciones.

 

La mayor parte de los expedicionarios celebrando, en compañía, la Navidad de la solitaria Base Antártica Española.

 

Todas estas tareas comunitarias, junto con las obligaciones impuestas por los programas científicos que no podían ser retrasadas, so pena de no alcanzar los objetivos propuestos, hacían que estas semanas “de servicio” fueran temidas por todos.

 

Bajo estrictos turnos podíamos disponer también de una rudimentaria ducha, con el problema de que en dos de cada tres intentos la cosa fallaba en el momento más inoportuno, es decir una vez enjabonado, la mayoría de las veces el fallo era que el agua de las tuberías se congelaba a la entrada interrumpiendo el suministro. La solución entonces era salir al exterior de la instalación y hacer acopio de nieve o pequeños bloques de hielo para atacar el proceso del desenjabonado y aclarado.

 

Naturalmente no puedo decir que aquello resultara agradable, sobre todo en los primeros momentos, pero puedo asegurarles que transcurridos unos minutos la sensación de bienestar era notable. Según me comentaba a mi regreso un amigo médico la cosa tiene su explicación científica e incluso resulta muy saludable, naturalmente siempre y cuando el corazón lo aguante.

 

Ahora que he mencionado a los médicos, señalaré que a veces nos preocupaba la idea de la falta de un médico en el equipo, o al menos un ATS que pudiera resolver o controlar un posible problema de enfermedad o accidente, tan fácil de producirse en aquellas circunstancias. Sin embargo eran las razones de espacio en la Base las que imponían esta carencia, de forma que lo asumíamos como un riesgo añadido.

 

Por otra parte la Base Antártica más próxima a la nuestra con disponibilidad de asistencia médica era la Base Antártica Chilena Teniente Marsh en la Isla del Rey Jorge, a muchas horas de travesía en barco (en el supuesto de disponer de dicho barco), por lo que, como decía uno de los miembros de la expedición, con un cierto tono de humor negro: “Antes de que lleguen los equipos de socorro, aquí le da a uno tiempo a morirse varias veces y por varios motivos”.

 

No obstante, afortunadamente la campaña se desarrolló sin percances que obligaran a recurrir a asistencia medico sanitaria, de forma que cumplidos los objetivos propuestos para la campaña, pudimos proceder al cierre de la misma y a la preparación del regreso a España, pero resultó que… ¡Bueno, ya les contaré!

Adolfo Marroquín Santoña

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Sobre el autor

Adolfo Marroquín, Doctor en Física, Geofísico, Ingeniero Técnico Industrial, Meteorólogo, Climatólogo, y desde 1965 huésped de Extremadura, una tierra magnífica, cuna y hogar de gente fantástica, donde he enseñado y he aprendido muchas cosas, he publicado numerosos artículos, impartido conferencias y dado clases a alumnos de todo tipo y nivel, desde el bachillerato hasta el doctorado. Desde este blog, trataré de contar curiosidades científicas, sobre el clima y sus cambios, la naturaleza, el medio ambiente, etc., de la forma más fácil y clara que me sea posible.


junio 2013
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