Una regla fundamental de la biología establece que ningún ser vivo, en sus condiciones naturales de vida, puede alimentarse sin tener que moverse para lograrlo. Todos los animales gastan cada día muchas calorías de trabajo muscular al nadar, reptar, volar, caminar o trotar para conseguir las calorías de los alimentos. Las plantas se alimentan mediante ese movimiento que representa el crecimiento constante de sus raíces y de sus ramas. Alguna de ellas como el girasol, van encarando el sol a lo largo del día para mejor captar su luz, que es su alimento. Si miramos con un microscopio una gota de agua de un charco veremos a multitud de microorganismos que se mueven de un lado a otro, buscando el sustento, mediante sus cilios, flagelos o la simple deformación de sus cuerpos.
El movimiento es una parte esencial de la alimentación de todos los seres vivos: sin movimiento no hay alimento. Pero hay una excepción. ¿Cuál creen ustedes que es el único animal capaz de atracarse diariamente con alimentos que le proporcionan miles de calorías, sin que precise realizar el más leve movimiento para conseguirlos? Si, en efecto, han acertado: el ser humano que habita las sociedades desarrolladas y opulentas.
Sin embargo, como seres vivos que somos, estamos diseñados para tener que realizar algo de actividad física para conseguir los alimentos que necesitamos. Hasta en la Biblia ya se enuncia esta regla de la biología en la sentencia: «Ganarás el pan con el sudor de tu frente».
Pero los seres humanos de los países desarrollados ya no cazamos, recolectamos ni cultivamos nuestro alimento. Ni siquiera se realiza ejercicio físico en la mayor parte de las actividades laborales con las que conseguimos ganar el sueldo que nos permite adquirir los alimentos que precisamos. El trabajo muscular intenso de antaño en actividades como la agricultura o la construcción se ha sustituido por máquinas ingeniosas que nos ahorran el más pequeño esfuerzo.
Según la medicina darwiniana o evolucionista la mayor parte de las enfermedades surgen cuando nuestra forma de vida va en contra de nuestro diseño evolutivo. La ausencia de ejercicio físico diario desencadena una alteración de nuestro diseño que se denomina Síndrome del Desuso o Sedentarismo.
La falta crónica de actividad física produce cambios en la estructura de nuestro organismo, desequilibrios hormonales, nerviosos y metabólicos que, a la larga, provoca las llamadas enfermedades de la opulencia: Síndrome metabólico, obesidad, diabetes, hipertensión, alteraciones lipídicas, aterosclerosis, problemas cardiovasculares, trastornos mentales o el cáncer.
El sedentarismo es, por lo tanto, una enfermedad carencial que se cura con la practica diaria de ejercicio físico. Numerosos estudios realizados por todo el mundo han demostrado que la mayor parte de las enfermedades de la opulencia pueden aliviarse e, incluso, prevenir su aparición mediante la practica diaria de alguna actividad física.
Hoy día muchos médicos ya prescriben a sus pacientes ejercicio físico como parte activa de su tratamiento. Si queremos hacer las paces con nuestro diseño evolutivo y disfrutar de más salud y más felicidad vital tenemos que incorporar algo de actividad física a nuestra rutina vital diaria. Si comemos cada día, debemos movernos a diario.
Cualquier tipo de ejercicio vale. Podemos jugar al tenis o al baloncesto, montar en bicicleta normal o fija, asistir en el gimnasio a clases de aerobic, zumba o pilates. Practicar la natación, algún deporte de lucha o el futbol. Todo sirve para hacer las paces con nuestro diseño pero, sin duda, aquellas actividades físicas que más se ajustan a nuestra historia evolutiva son las que nuestros ancestros practicaron cada día desde hace millones de años; desde que nos convertimos en el único mamífero bípedo que existe: caminar, trotar y correr.
La practica diaria de cualquiera de estas actividades nos proporciona grandes beneficios para nuestra salud. Tienen grandes ventajas sobre otros tipos de ejercicio ya que se puede controlar la intensidad del esfuerzo individualmente y ajustarlo a cada circunstancia personal, y no necesita de instalaciones ni instrumentos para practicarlas.
La dosis diaria más beneficiosa para nuestra salud sería una hora de caminata o media hora de carrera. Durante ese tiempo de ejercicio nuestro organismo salda su deuda de contracción muscular adquirida por todo lo que hemos comido (o vamos a comer) en el día y que ni hemos cazado, ni recolectado, ni cultivado.
Con el fin de proporcionar unas normas básicas para poder trotar, correr o caminar con el máximo beneficio para nuestra salud, acabo de publicar un librito titulado ‘Razones para Correr’. En este manual he condensado mi experiencia de muchos años como corredor y como médico investigador en temas de deporte y salud.
Les puede ser de gran ayuda a aquellas personas que deseen hacer las paces con su diseño evolutivo para tener más salud y ser más felices mediante la caminata, el trote o la carrera. Que lo disfruten.