A finales de 2019 saltaron todas las alarmas en China: una extraña neumonía que tuvo su origen en la ciudad de Wuhan y que inicialmente la OMS calificó como “controlable” (tendría que hacérselo mirar este organismo) se ha convertido en una de las mayores pandemias de la historia, situándose en niveles similares de la mal llamada “gripe española” de 1918 o la “gripe asiática” de 1957.
Hoy, más de año y medio después, 2.100.000 de contagios, 4.410.000 fallecidos y pérdidas económicas desorbitadas, son el tristísimo balance de una crisis cuyas consecuencias reales no podemos aún cuantificar en toda su dimensión al quedar pendientes muchísimos flecos.
Antes del coronavirus, la situación macroeconómica española era ya delicada. La tasa de paro se situaba como una de las más altas de Europa, la deuda -entre los países de nuestro entorno- solo era superada por Italia y nuestras cuentas públicas seguían sufriendo un endémico desequilibrio, desequilibrio que esta crisis no ha hecho sino agravar de manera alarmante. Además de este cuadro macro preocupante, tiene el Gobierno que afrontar esta situación con escaso apoyo parlamentario y voces discrepantes en el seno de la mismísima coalición gubernamental.
Con este escenario a nadie puede sorprender que el PIB español se desplomase el pasado ejercicio más del 11% (la mayor caída de Europa) muy condicionada nuestra economía tanto por el peso del turismo en el PIB (más del 12%) como por el pequeño y mediano tamaño de la inmensa mayoría de las empresas españolas, tamaño que les ha hecho mucho más complejo esquivar la pandemia.
Visto la crisis que se nos venía encima, el Gobierno aprobó una serie de medidas con las que se podrá estar más o menos de acuerdo, pero que atendiendo a la excepcionalidad del momento, parecen más que justificadas. Entre estas destacaron: los ERTES, que han sido una verdadera tabla de salvación para millones de trabajadores; el ingreso mínimo vital, aunque solo reconocido a un escasísimo porcentaje de los solicitantes; los préstamos ICO, que evitaron la quiebra de buena parte de nuestras empresas y finalmente, las líneas de crédito aprobadas por la Unión Europea, para mantener en pie a gran parte del tejido empresarial, líneas de crédito que han insuflado a los mercados más de dos billones de euros y que han conseguido mitigar gran parte de los efectos perversos que sin todos estos recursos hubieran sido aún más dramáticos.
¿Cuál ha sido la respuesta de los mercados a la pandemia? Como no podía ser de otra manera, la primera reacción fue de pavor. Desplomes generalizados en todas las plazas, que llevaron a la mayoría de los índices mundiales a hundirse hasta marcar mínimos desde la quiebra de Lehman Brothers. Estos recortes de las bolsas arrastraron a los mercados de crudo, cayendo el barril de Brent por debajo de los 30 dólares y solo la renta fija parecía aguantar un escenario ciertamente difícil, sin que ni el bono nacional, ni el “bund” alemán, ni él 10 años estadounidense, se dejasen contagiar por una coyuntura que a todas luces era tremendamente preocupante.
Afortunadamente, los principales laboratorios mundiales, apoyados en unas inyecciones muy notables de dinero público, aceleraron todos los procesos para conseguir una vacuna eficaz contra el virus y en menos de un año se logró lo que parecía sólo unos meses antes una verdadera quimera: disponer de vacunas con eficacia probada en un altísimo porcentaje. Moderna, Janssen y Pfizer, lideraron esta línea de investigación y con diferencias mínimas de tiempo pusieron a principios de este mismo año en el mercado vacunas en número y eficiencia suficientes como para conseguir doblar la curva de contagios y frenar en seco la pandemia… aunque problemas de logística primero y la aparición de otras cepas más agresivas después, no han hecho posible aún derrotar al virus.
Así las cosas, los mercados financieros descuentan ya un escenario mucho más favorable del que hubiera previsto el más optimista de los analistas hace solo 18 meses.
La realidad hoy, es que en este tiempo todos los índices han subido y han subido mucho. Algunos como el Nasdaq han doblado su capitalización y en otros, con comportamientos más modestos como el Ibex o el Ftse de Londres, se han revalorizado los precios más de un 50%.
El euro ha ganado terreno al dólar, pasando de las 1´11 unidades a las 1´17; el petróleo también ha recuperado niveles precrisis y se paga el barril muy cerca de los 70 dólares y hasta el bitcoin ha ejercido de valor refugio y su precio se fue por encima los 60.000 dólares. De locos. Todo de locos.
Con todo, el escenario actual sigue siendo tremendamente preocupante. Nos encantaría ser más optimistas. Créannos. Escribía hace unos días, en estas mismas páginas, un magnífico artículo Ignacio Marco-Gardoqui, en el que sintetizaba una verdad atronadora: que España se ha endeudado en el último año en una cifra similar a lo que esperamos recibir de Europa en esta especie de maná aprobado por la UE. La situación era tan crítica que no tenía fácil alternativa el endeudamiento. Para superar un momento tan complejo había que recurrir necesariamente a la emisión de papel. Pero como decía también Marco-Gardoqui, no es previsible que el gasto ya comprometido en sanidad, empleo y pensiones pueda compensarse con un crecimiento similar de ingresos.
Tenemos un escenario a corto plazo complicadísimo. El más complicado en décadas y lo único que tenemos claro es que la solución a este problema no pasa solo por gastar, gastar y gastar.
Los tipos de interés en mínimos históricos, la mucha liquidez que hay en los mercados y las nuevas tecnologías, deberían ayudarnos a superar con éxito la situación tan grave en la que nos encontramos. Pero si optamos por la vía fácil de gastar sin que las partidas de ingresos vayan cumpliendo sus objetivos, lo vamos a acabar pagando muy caro. Basta ya de aplicar recetas demagógicas, lanzadas en algunos casos desde el mismísimo Gobierno y en otros, desde una oposición con discutible sentido de Estado.
Año y medio después, posiblemente lo más destacable de todo lo que ha sucedido en este tiempo, es que seguimos “en pie”. Aguantamos y aguantamos con muchos indicadores resistiendo estoicamente. Incluso podemos estar ante una buena oportunidad para acometer reformas estructurales históricamente aplazadas. Hagámoslas de una vez. De no hacerlas, y seguimos con esa laxitud en el gasto, acabaremos generando un verdadero tsunami financiero de impredecibles consecuencias. Cabeza y ortodoxia es lo que necesitamos ahora. Mucha cabeza y mucha ortodoxia.