“Sacerdote, víctima y altar en medio del pueblo”
(In memoriam a Andrés Alonso Trejo)
La escena evangélica en la que le dicen a Jesús que están allí su madre y sus hermanos, a lo que él contesta que su madre y sus hermanos son los que le rodean, los pobres, la gente del pueblo llano y sencillo, es la que se me venía hoy a la cabeza junto al féretro que contenía el cadáver de este compañero sacerdote, Andrés Alonso Trejo. Se entiende que el sacerdote cuando vive su ministerio con fidelidad, acaba siendo familia de aquellos a los que sirve y da la vida. Aquello que decimos de un sacerdote cuando llega a un pueblo, que no debe afirmarse que toma posesión de aquella parroquia, sino que va para que aquella comunidad tome posesión de él. Él está llamado a ser del pueblo, a que aquella realidad sea su propia familia, de su sangre, porque él debe ser al mismo tiempo sacerdote, víctima y altar como nos dice el prefacio eucarístico, según nos recordaba el arzobispo en la bella y sencilla homilía que nos ha dirigido.
Recuerdo que recién ordenado sacerdote, llegué al pueblo querido de Cheles, allí fui compañero y vecino de Andrés, que era párroco de Villanueva del Fresno. Esa vecindad hizo que me tratara con él, con sus sencillos padres que vivían con él en su casa, y que sintiera la cercanía de un compañero mayor que al verme tan joven, utilizaba cualquier excusa para que estuviéramos juntos, viniendo a visitarme e invitándome a montones de actividades en su parroquia para que me sintiera valorado. Allí llegó él, tras haber estado en la Morera, en Nogales, y estuvo mucho tiempo en Villanueva del Fresno. Manolo Santos, sacerdote recién jubilado de Badajoz, me hablaba hoy de cómo siendo un niño jugaba al fútbol con él en el pueblo de la Morera. En el tiempo que le conocí pude sentir su sensibilidad sacerdotal, es cierto que no ha sido un sacerdote brillante o de relumbrón, pero ha sido de una sencillez y de una entrega que lo hacen grande, auténtico. Recuerdo su opción por una barriada de mucha pobreza en la población, la barriada de Fátima, se desvivió para que tuvieran vida, llegó incluso a construir allí una capilla para celebrar con ellos. No le importó pedir, donde fuera y a quien fuera. para desarrollar proyectos sociales y dotarles de condiciones de vida sanas y humanas. Optó por el compromiso social con la animación de una cooperativa que fue fuente de trabajo para muchas personas del pueblo, así como por un centro social de participación y formación. En silencio se comprometía y se metía en la masa, lo mismo con una cofradía, con un curso de formación laboral, con una novena, con la fiesta y romería de San Ginés. Después estuvo varios años en Olivenza, otro lugar que también conocí ministerialmente, y allí recibió su jubilación para ir con su familia, hermanos, sobrinos que siempre lo han rodeado con su cariño.
Hoy sentía que Andrés tenía allí su familia, estaban sus seres queridos en la carnalidad –hermanos y sobrinos-, pero junto a ellos estaba una comunidad formada por compañeros que teníamos que ver con su persona y su vida, y lo que es más importante una representación de las comunidades parroquiales de Villanueva del Fresno y Olivenza. Personas que hacen más de veinte años que no estaban con él, pero que hoy reconocían con su presencia, oración, cantos, despedida que lo tenían y lo consideraban como propio. Como cura de su pueblo, allí estaban la consagrada Mariainma, Doña Ramonita, los Reviriego, Calvino, Torrado, etc… Tantos laicos con los que ha compartido misión y compromiso. Hoy se fundía familia, pueblo y compañero, en una oración que sabía a pascua y a gloria.
El arzobispo nos ha hablado acerca de que el sacerdote debe ser al mismo tiempo víctima y altar, ser sencillos y pequeños ante Dios, y saber darnos con cariño y entrega a los demás. Yo sentía satisfacción, porque aunque no lo ha conocido como sacerdote ni a su tarea, lo estaba describiendo muy bien. Andrés tenía una espiritualidad sencilla y profunda, vivió su ministerio con la claridad de que él debía ser del pueblo y darse sin reserva, cuidando la opción por los más pobres y el deseo de un desarrollo humano y social, siempre con el conocimiento profundo de Cristo y la celebración de la fe en procesos catequéticos continuos que abarcaban desde la iniciación de los niños hasta la formación de grupos de adultos y de movimientos colaboradores de la vivencia del evangelio.
Querido Andrés, hoy me sentía agradecido a ti, mirando mis primeros pasos ministeriales, cuando llegué con mis veintitrés años a realizar una labor que me superaba, tú estuviste como hermano mayor y Dios se valió de ti para que no estuviera solo en aquella primera misión. Lo supiste hacer con la sencillez y la humildad de un hermano. Que Dios te tenga ya en su gloria, disfrútala como primicia de todos nosotros.
José Moreno Losada