Presentes, por El y en El, para el mundoDesde la vida
La vida es tensión y lucha, proceso y búsqueda. En ella, descubrimos las orillas del caminar duro, la aflicción, la sed, el hambre… Y, junto a ellas, vislumbramos las de la esperanza, la brisa, el consuelo, el agua que refresca, el pan que alimenta. Y, en ese caminar, se nos descubre la verdad de la vida que está en el amor, porque «no solo de pan vive el hombre». Es, en la propia historia, donde descubrimos al Dios que nos acompaña y que se hace presente en lo diario, compasivo en la orilla de la sed y la necesidad, amable y entregado en la orilla de la realización y el avance. Con nosotros en el sufrimiento, por nosotros en la alegría y la esperanza. Celebrar la Eucaristía es hacer altar de la vida, reconocer la presencia real de Dios en nuestra historia personal, familiar, social, eclesial.
En la entrega
Celebramos la esta del Corpus Christi, de la presencia real de Cristo en la Eucaristía y de nuestro encuentro sacramental con Él. Ahí está el amén de la fidelidad radical del Padre al Hijo que lo resucita, y del Hijo al Padre que ha arriesgado en su existencia aceptando la cruz a favor de la liberación y salvación de todos los pueblos de la tierra. Celebrar la Eucaristía es manifestar el deseo de entrar en ese amén divino y humano que nos ha sido regalado en Jesucristo. Porque el cáliz de nuestra Acción de Gracias nos une a todos en la sangre de Cristo, y el pan que partimos, nos une a todos en el cuerpo de Cristo.
Con el compromiso
Este Pan es el que nos hace uno, nos da cuerpo y nos pide que seamos sacramentales, nos ruega que no impidamos a Cristo estar realmente presente allí donde Él quiere estar para llevar su Evangelio de dignidad, verdad y justicia. Nos pide entrar en el verdadero camino del amén cristiano, aquél que se verifica en la entrega radical a favor de los hermanos con el deseo de que tengan vida abundante. Hoy, como nunca, el reto está en que la presencia real de Cristo llegue como sanación, consuelo, dignidad, justicia, verdad, libertad a todos los que sufren en el alma o en el cuerpo.
La comunión en Cristo, desde los hermanos, hace posible creer ante el mundo y los desheredados de la humanidad su presencia real en medio de la historia, ligada a la presencia real en la Eucaristía. En el pan glorioso del Resucitado está la fuerza que nos ayuda a proclamar que el inocente ajusticiado ha sido liberado para siempre, y ya tiene alimento de vida eterna para todos, especialmente para los que sufren. Que es posible la justicia, que no se impone la farsa de los mecanismos que desnudan al desnudo y despiden vacíos a los hambrientos, que ya ha hay una palabra definitiva de fraternidad y de pan compartido que es imparable en la historia. Hay destino y sentido, hay un amén de la verdad, la vida y la luz. Que todos estamos unidos porque comemos el mismo pan, en el que el Dios de la vida, el Crucificado que ha resucitado y el Espíritu del amor, se nos dan y nos incorporan a su amor Trinitario, para que nadie quede excluido ni descartado del amor justo y eterno.
Por Cristo, con Él y en Él
El camino que se nos propone de luz, verdad y vida, no es de carácter prometeico, sin Él no podemos recorrerlo. Necesitamos comer su cuerpo y beber su sangre, abrirnos para que él habite en nosotros y nosotros podamos vivir desde él, con sus sentimientos de amor y con su alegría de salvación. Si nos abrimos a él y la Eucaristía se convierte en nuestro referente vital, aprendiendo a vivir desde la entrega y la donación, la vida brotará en nosotros como una fuente que salta hasta la vida eterna, nos hará vivir para siempre. Nadie nos podrá quitar la alegría ni el sentido de la justicia, la Eucaristía se convertirá en el sacramento de nuestra vida y la vida se hará eucarística, se romperá a favor de los hermanos para alimentar sus hambres y nos derramaremos en vino de gracia para curar las heridas y alegrar los corazones hundidos y sufrientes.
Llamados a ser en común
La Eucaristía nos alimenta y nos empuja para construir y animar nuestra comunidad cristiana. No hay Eucaristía sin comunidad, ni comunidad cristiana si no es eucarística. La comunidad es el espacio donde creemos que podemos acompañar y ser acompañados, generar presencia, anuncio, denuncia y otro estila de vida. La dimensión socio caritativa de nuestra fe y de nuestras comunidades, alimentada eucarísticamente, ha de ser priorizada en nuestras parroquias, asociaciones, movimientos, congregaciones, en toda la Iglesia. Cáritas es un instrumento de concienciación y animación en este sentido, que nos invita a construir la casa de todos. Queremos crear, desde el amor de Cristo que se nos da como pan, espacios liberados donde el que sufre, encuentra consuelo; donde el sediento, encuentra fuentes de vida y ánimo para saciarse y seguir caminando; donde el que necesita cuidado, acogida y cariño, encuentra la cercanía del otro que le dignifica y le reconoce en su dignidad de humano y de hijo de Dios. Desde la comunidad cristiana, sabiendo que gente pequeña con cosas pequeñas y en pequeños lugares, vamos transformando como levadura y sal el mundo.
Para ser pan comido
El horizonte eucarístico de la Iglesia está claro: habitados y alimentados por la presencia real de Cristo en la Eucaristía, estamos llamados a ser eucarísticos, a ser pan partido y comido por los hermanos, especialmente por los que tienen hambre y sed de justicia. Así seremos los cristianos, prolongación de esta presencia real en medio del mundo, entre los hermanos, y seguiremos caminando hacia la Vida Eterna.
José Moreno Losada