Felisa y Jesús de Nazaret
Tras el mes de vacaciones siento el deseo de volver a visitar a Felisa Lairado, feligresa de mi parroquia que cuenta ya con ciento un año. Ir a su casa me renueva y me reanima, la encuentro fiel a la vida y firme en la esperanza. Ella es consciente de su agotamiento, me habla de su dificultad para respirar, de su cuerpo cansado y vencido, pero entre esos suspiros, me refiere que me quiere de corazón, que le llena de gozo el que vaya a estar con ella. Hablamos de muchas cosas y me revela su secreto, se siente almada, no entiende cómo puede haber personas que digan que no tienen alma, cómo pueden vivir desalmados. Me habla de que su cuerpo ya se va entregando, aunque nos reímos a carcajadas porque yo le digo que sigue manteniendo “mando en plaza”, y me confiesa que su alma está viva, que Dios no la abandona, recordamos el texto paulino en el que refiere que nada nos podrá separar del amor de Dios que se ha manifestado en Cristo Jesús. Y entonces me muestra el libro que está leyendo, de cientos y cientos de páginas, sobre la vida de Jesús. Le parece impresionante poder seguir aproximándose a su figura, seguir recibiendo datos históricos sobre él, para ella es la persona más apasionante de la historia. Me dice en voz muy alta: ¡irrepetible¡, y se ríe con naturalidad, afirmando: ¡claro, si es Dios, cómo va a ser repetible! Y me confiesa que lo siente muy cercano, que está siendo su compañero de camino infatigable en este paso al Padre, profundizamos en aquello de que Dios se hace fuerte en la debilidad. Termina pidiéndome que le dé la absolución porque se siente pecadora ante tanto amor de Dios que le desborda y la recibe abrazando su libro sobre la vida de Jesús. Yo me voy con la lección aprendida.
Educar la interioridad: ¿Almados o desalmados?
Primera clase
Y con esa lección llego hoy a primera hora -8,00h- a la facultad de educación para comenzar a impartir la materia de pedagogía y didáctica de la Enseñanza Religiosa Escolar. Me encuentro por primera vez con los alumnos de cuarto curso del grado de educación infantil. Primero en mi oración personal me he situado ante Dios para abrirme a sus sentimientos ante estos nuevos jóvenes alumnos que voy a conocer. Comienzo a presentarle el programa de la asignatura, a ver los objetivos que tenemos que conseguir y hablamos de aquellos que son generales, transversales y específicos. Entre los específicos aparece “la reflexión y diálogo acerca de la existencia de una trascendencia y su vivencia en el hecho religioso”. Vemos el paralelismo y complementariedad de este objetivo con varios de los generales y transversales y hablamos de la interioridad del ser humano que está de fondo del hecho religioso y que habita cada hombre, sea creyente o no. Compartimos que la preocupación por la ética y los valores no es una simple cuestión de habilidades e intrumentos, sino que tienen que ver con la interioridad y ahí enlazo con el planteamiento de Felisa,cuando habla de su alma, del ser humano como ser almado. Para poder reconocer este concepto de alma, que al día de hoy viene traducido por la cuestión de “la mente y el cerebro -cuerpo-“, les planteo de un modo sencillo unas cuestiones prácticas, una de ellas una conversación que oí ayer entre dos padres que habían estado en la presentación de los profesores de educación infantil que acogerían a sus pequeños hijos de tres años en distintos colegios. Los dos confirmaban que les habían hablado de que comenzarían todas las jornadas con el espacio de asamblea, en el que trabajarían la motivación, los sentimientos, el aprendizaje del silencio y la atención a su interioridad antes de entrar en la actividad más formal. Hablar de silencio, conciencia e interioridad es hoy, educativamente, un reto y una necesidad. Después les planteaba la misma cuestión pero de un modo personal, les invitaba a reflexionar cómo se habían situado interiormente ante este primer día de clase, con qué sentimientos y motivaciones profundas habían llegado hoy a la primera clase. Les preguntaba si eran conscientes de lo que suponía todo este proceso, este último curso que inician, los compañeros que hoy se encontrarían y con los que compartían aula por primera vez, las inquietudes y claves con las que desean ultimar sus estudios de grado… Así de pronto, con sinceridad alguna alumna me decía que no lo había pensado, que esta mañana sintió cierto disgusto porque ya no estaba en casa, porque volvía a la dura tarea del horario y la disciplina… Los pensamientos generales en muchos eran que venían a acabar esta etapa y querían terminarla cuanto antes, etc. Les planteaba la dificultad de educar la interioridad de los niños si no tenemos trabajada la nuestra propia, y que esto de ser almado, o tener interioridad, no era una asignatura pero forma parte de lo general y lo transversal de la educación y la construcción de la persona. La Enseñanza Religiosa se ha de dirigir a estos objetivos desde su peculiaridad y especificidad, pero necesita una estructura básica capaz de desarrollarlos y enriquecerlos.
Quedé emplazado con estos alumnos, que hoy han estado atentos y despiertos -a pesar de la hora y de ser la primera clase- a que reflexionaran sobre estas cuestiones interiores y sencillas, les invité a ponerles nombre y a compartirlas:
Les animé a compartir algo de su reflexión entre todos y con la sociedad, la que subvenciona sus estudios y espera mucho de ellos.