LECCIONES DE VIDA ANTE LA MUERTE
(In memoriam Francisco Javier Sanchez Fragoso)
YO, Discípulo en el acompañar
En mi vida de sacerdote muchas personas me han pedido preparar con ellos la celebración matrimonial, bautismal, de primera comunión… pero casi nunca, de un modo directo, me ha pedido acompañar el proceso final de la vida teniendo en cuenta ese momento celebrativo final de la liturgia exequial. Tú Francisco Javier, lo hiciste, con una naturalidad y sencillez que aun hoy me emociona al recordarlo y mucho más en este día en que he oficiado tu funeral.
Recuerdo aquel día de Octubre –cumpleaños de Alejandro, con fiesta sorpresa en el instituto-, recibí tu oferta, hablar alguna vez, porque ese mismo día te habían informado de tu final. Y hoy, cercano el miércoles de ceniza, comenzando la cuaresma, cuando se nos invita a saber vivir, saber morir, me encuentro celebrando este momento sagrado de tu muerte, que tú querías que tuviera la singularidad de tu propia vida. A lo largo de este tiempo he gozado de tu presencia y de tu interioridad con transparencia.
Lecciones de vida y evangelio
En el camino recorrido junto a ti he podido ver señales y datos que se han convertido en lecciones de vida para mí. Es curioso, ante la muerte nos has dado, sin pretenderlo con total humildad, lecciones de vida. Tú has querido morir como vivías. Es de lo más grande que puede hacer una persona, saber morir. Me recordabas a Jesús de Nazaret, que viéndose obligado a la muerte y atenazado por ella, decía que nadie le quitaba la vida, que él la daba libremente. Así fue vivió su muerte de un modo único, personal, singular. Tú también has querido vivir tu camino hacia ella, aunque no fuera ni en el momento ni el modo como te hubiera gustado.
¿Futuro? Presente¡
Entre las lecciones, recuerdo un día que te pregunté cómo era vivir sabiendo que no tenías futuro y me respondiste rápido que si tenía futuro yo. Claramente tu me proponías como clave fundamental de vida, propia de mortales, saber vivir el presente, sin creernos dueños del futuro. Valorar lo pequeño y lo diario, lo más sencillo como la verdadera fuente de la vida. Me recordabas al evangelio cuando dice que a cada día le basta su propio afán, que no podemos añadir un codo a nuestra estatura ni un día a nuestra vida. Tenías claro que el tiempo presente, el que realmente tenías, lo querías vivir rodeado de los tuyos y cuidando lo fundamental mejor que nunca.
Poseer o amar el tiempo
Tú me hablabas de tu vida, de lo realizado, de lo soñado y del ahora. Me enseñabas a distinguir entre poseer el tiempo y amarlo, entregarte en él o negociarlo. Me invitabas con tus pensamientos a amar y entregarme en el horizonte de lo más verdadero y auténtico que son las cosas más sencillas y cercanas que tenemos, las personas de la intimidad, las relaciones llenas de verdad y profundidad en cualquier lugar, fuera en el trabajo o en la murga carnavalera con sus canciones de mensaje y vida. En tu proceso de enfermedad recobrabas a todos, echabas en falta a algunos pero no los enjuiciabas ni condenabas, casi los excusabas diciendo que no sabían que hacer al saber de tu estado. Te sorprendías con personas que te mostraban una cercanía especial sin tú esperarlo y me descubrías que lo realmente importante es el currículum oculto. Dos días antes te habían nombrado coordinador de los mecánicos de Delta, lo que suponía un descanso y otro incentivo de trabajo y ahora todo eso había quedado en nada, ni estrenado siquiera. Ahora lo que querías era amar, facilitar, felicitar, a los más cercanos, hacer las cosas más sencillas de lo diario pero con una perspectiva y profundidad extraordinaria, el simple hecho de unir las manos a Mari te llenaba de una satisfacción que te sabía a eternidad, o ir a comer a Portugal la comida que tanto le gustaba a Alejandro y a la que le invitaban sus abuelos por reyes. Ahora no querías perderte, sin agobiar, nada de lo auténtico en lo más sencillo y diario y me mandabas un vídeo promocional de Rua Vieja que hablaba de esa valoración del tiempo y los seres queridos por el tiempo de Navidad.
Interior y sentido
También me hablaste de tu interior, tu espiritualidad, de haber dejado por inercia de ambiente y de prisas tu relación con Dios, con la eucaristía, pero a la vez me distes muestras que buscabas el sentido y lo profundo, en las canciones, en las lecturas, en las películas. Me enviabas cosas que hablaban y cantaban de saber vivir como si fuera el último día, de caminar a la eternidad, de gozar de los cachitos de la vida, de los momentos fecundos… era el modo que tenías de agarrarte a lo que te daba principio y fundamento, sentido de vida, fuerza para vivir el momento e ir aceptando lo que iba llegando. Ahí sentía yo como te abrías al corazón del evangelio: venid a mí los que estáis cansados y agobiados que yo os aliviaré, que carga es ligera y mi yugo suave.
Celebración y humor
Por otra parte, como nos dijo tu hijo Alejandro en esas palabras de vida en tu despedida, también tenías tu sentido de humor, de disfrute y de celebración. Te gustaba celebrar, me hablabas que en el funeral de tu madre, te dio pena de que se hubiera sentido lo que tu madre era de alegre y de fuerte, y me pedías que en tu funeral, no ocurriera lo que decía León Felipe, que no rezáramos como reza el sacristán viejo los rezos y que para enterrar cualquiera valía, cualquier menos un sepulturero. Ojalá haya cumplido bien esta voluntad tuya de que fuera una celebración desde la vida.
Por eso bendigo a Dios, por el evangelio de tu vida y tu vivencia de este último tramo. No te has sentido maldecido, sino llamado a saber vivir este momento de ultimidad con verdadera coherencia, con el deseo de ser más auténtico, más realmente tú. Mirando a los que más amabas y abrazarlos en la naturalidad de lo normal y con toda la fuerza de tu vivir hasta el último suspiro que diste con lágrimas de amor. Hoy nosotros también te hemos mirado con esa mirada divina, te hemos despedido en la mira del amor de Dios, el padre de la vida y el señor de la muerte, el que te ha recibido diciendo a pleno pulmón: Has sido fiel en lo poco, pasa y goza en la mesa y fiesta de tu Señor, donde esperaremos a todos tus seres queridos y amados.
No enterramos la vida, la ofrecemos.
Ahora nos queda seguir adelante, con la vida y la muerte, sabiendo vivir y morir. Le decías a Marí que no pensara que te ibas sino en los grandes y amorosos 28 años que habíais vivido y gozado, con valor de eternidad. A ella le toca seguir avanzando en el proyecto y sentirá tu apoyo y consuelo celestial. Tus hijos dicen que has sido un verdadero padre, un regalo, sienten que estás dentro de ellos, lloran, pero con paz, se abrazan los tres y proclaman que tu enfermedad no ha podido con vosotros, que estáis más unidos y más queridos. Seguro que la muerte tampoco los va a separar sino a unirlos para siempre contigo y entre ellos. A los demás, amigos, compañeros… no queda su invitación y sencilla lección a vivir en profundidad, a entregar la vida cada día amando.
Hoy enterramos tu cadáver vencido, pero no tu vida victoriosa, tu vida queda sembrada en la eternidad del amor de Dios y estará luminosa y activa para siempre, porque tú no estás en estas cenizas, no te podemos buscar en el sepulcro, tu has resucitado con Cristo, porque has muerto con El.