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José Moreno Losada

De lo divino y lo humano

Ganarse los garbanzos ( Pésame al arzobispo de Mérida-Badajoz)

Ha muerto Elías Morga, el padre de nuestro arzobispo Celso.
Ayer hablaba con Don Celso, nuestro arzbobispo, y gran parte de la conversación fue en torno a sus padres y la situación de ultimidad que ya estaban viviendo, algo que le preocupaba  por los cuidados que necesitaban y la entrega de sus hermanas. Hoy me comunican que ha muerto su padre, ya casi centenario, al enterarme he buscado esta reflexión que hice hace un tiempo sobre la figura de mi padre y lo que nos enseñaron, los  niños y adolescentes de la postguerra, los que jugaron poco y se hicieron adultos muy pronto con la austeridad y el esfuerzo. El Padre de Don Celso pertenece a esa generación que dió  la vida y que hicieron de nuestro crecimiento su gloria y su orgulo. Uniéndome a sus sentimientos e invitando a la oración por su persona y por toda su familia, esposa, hijos, nuestro pastor. Bendecimos a Dios por la sencillez con la que nos trata nuestro pastor, sabiendo que seguro que hunde sus raíces en las entrañas paternas, en aquel que partía el pan en su casa y lo repartía a todos, siendo él el último en coger su bocado. Que Dios lo tenga en la gloria. Ellos son de un pueblecito de la Rioja, donde han estado acompañados este verano por Don Celso, y alguna temporada pasaron aquí en la casa del hijo cuando llegó a la diócesis. Algo nuestro va con él al cielo.

Ganarse los garbanzos

JESÚS decía a los apóstoles que había cosas que sólo las entenderían más tarde, quizá cuando ya Él no estuviera. Algo así pensaba yo, hoy, al ver mi plato de garbanzos, con su carne, tocino y chorizo, junto a una copa de buen vino, acordándome sobre todo de mi padre Gabriel.

Garbanzo, todos los días

Recuerdo cómo en mi infancia la comida de mediodía me resultaba monótona y poco apetecible. Llegar a casa y preguntar qué íbamos a comer era todo una, aunque la comida diaria eran los garbanzos, eso sí, con sus buenos aderezos para ser comida y plato único y completo. A mi madre le molestaba la pregunta, siempre respondía que había que comer lo que estaba en la olla y dar gracias, pero para mí descubrir que un día no era el mismo menú se convertía en motivo de alegría y gozo, tocaba hasta las palmas. Por otra parte me costaba comerlos y tonteaba, engañándolos con cebolla, tomate, lechuga. y haciendo mohines. Intentando liberarme y comer los menos posibles, y buscar algún complemento más gustoso a hurtadillas, de lo cual después incluso me confesaba provocando la sonrisa del confesor.

¿No quieres garbanzos…?

Un día, sentados todos a la mesa, junto a mi padre, un mediodía de verano riguroso -era cuando me costaba más aún tragarlos- empecé con el tonteo y exasperé a mi padre, que era muy paciente con nosotros, hasta el punto de que me puso el plato de los garbanzos en la cabeza y cayó al suelo haciéndose trizas, a la vez que me decía: «no quieres garbanzos, pues toma garbanzos». Después logré alcanzar a entender algunas cosas de la vida sencilla que justificaban perfectamente esa acción de corrección paterna, la lógica de la vida y del esfuerzo del trabajo duro. «Ganarse los garbanzos» era la expresión corriente para referirse a la lucha de la vida, de los padres especialmente en el mundo rural, saliendo a trabajar para que no faltaran en la mesa de cada día, como el pan. Mi padre era quien partía también el pan y lo repartía entre todos en la mesa, para coger él su trozo el último, como rito y símbolo de quién era el que se esforzaba y se hacía el último para que ninguno de nosotros pasara necesidad.

Irse a buscar los garbanzos para lo suyos

En aquella época veíamos salir cada año, tras las vacaciones de navidad, centenares de hombres de mi pueblo, en autobuses camino de Alemania. La crisis les obligaba en los sesenta a irse a más de mil kilómetros a buscarse los garbanzos de su familia. Eso ocurría cuando ya no había trabajo en el campo para todos, la maquinaria los había sustituido y había que salir fuera para seguir comiendo. Hasta entonces muchos de ellos se ganaban sus garbanzos incluso segándolos. Cuántas veces mi padre se levantaba a las dos o las tres de la mañana para coger su bicicleta e irse al lugar lejano donde iban a segarlos en la claridad del amanecer, para poder librarse de las horas más duras del sol insoportable del verano. Probablemente aquel día ya estuviera en la mesa con nosotros para comer, porque la noche antes se habría levantado en la madrugada para hacer ese oficio. Como para querer aguantar mis mimos de selección de comida y de desprecio de esos garbanzos por los que él no había apenas dormido, había sudado y sufrido esforzándose a más no poder.

Los garbanzos del Seminario

Después vino el Seminario a mis once años, donde ya era más difícil escaparse, y uno hacía el juego que podía, ponía pocos y movía la masa para que el plato pareciera más lleno ante la vigilancia de los que hacían de formadores y educadores, hasta que poco a poco la conciencia fue trabajando aquello de capricho, deseo y necesidad, y comencé a entender que lo de los garbanzos había que comerlos por necesidad dejando a un lado los caprichos. Entendí que en los garbanzos iba mucha vida de mucha gente.

El plato exquisito de hoy

Hoy llegué a casa y Milagros -persona que me sigue cuidando y ayudando en casa- me explicaba que había hecho caldo para guardarme y de paso unos garbanzos con todos sus aderezos. Curiosamente me dio alegría. Preparé mantel y mesa, coloqué todos los utensilios, oré recordando a mis padres, me sonreí pensando que me estarían viendo, y hasta hice foto para enviarla a mis hermanos que sé que se ríen con estas anécdotas vividas en mi familia de los garbanzos y mi ‘pobre’ infancia. También es verdad que hoy este plato bien cocinado es más deseo y excepción que obligación forzada y diaria. Pero estamos en crisis y parece que vamos a tener que volver a profundizar en aquello de «ganarse los garbanzos», ya sea en Alemania o sudando por estos lares.

El respeto y la lucha para ganarse hoy esos garbanzos

Por eso cada día le tengo más respeto a eso de ganarse los garbanzos, la lucha de cada familia desde la mañana para que no falte lo necesario en la mesa. Me resisto a aceptar un mundo, una sociedad, un mercado, donde se dificulte que cada uno pueda ganarse sus garbanzos, su pan de cada día. Tenemos que luchar para que esto no siga siendo así, si hace falta rompiendo el plato de los garbanzos en los corazones y cabezas de aquellos que en lugar de facilitar el camino para conseguirlos, ponen obstáculos y lo impiden desde su riqueza, indiferencia, poder y/o corrupción. Tenemos que hacerlo porque nos lo exige el Padre que parte el pan y quiere repartirlo para toda la humanidad, porque es toda la humanidad la que con su grito y su dolor cada día le dice: «Danos el pan nuestro de cada día», ese pan que, hoy yo, con esta imagen de recuerdo de mi infancia al ver el plato de cocido sobre mi mesa he traducido por: «ayúdanos a ganarnos los garbanzos de la vida y la familia».

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Sobre el autor

“Entre lo divino y lo humano, pero sin fronteras entre lo uno y lo otro, va deambulando mi vida de cada día, como la de todos. Me muevo como ciudadano de a pie en la ciudad secular, como hermano en medio del mundo y como oveja-pastor en el ámbito eclesial, y no soy más que puro intento de una identidad en estos caminos de lo humano y de lo divino. Abro este blog con el deseo de seguir siendo encuentro y, ojalá, para abrir los ojos, con todos vosotros, a lo trascendente y lo inmanente de nuestra historia cotidiana." Pepe Moreno Losada, nacido en Granja de Torrehermosa en 1958, ahora –ya mayor- sacerdote en Badajoz y profesor en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura.


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