El grano de trigo que da fruto
Cuando se acerca la semana grande los cristianos, la Iglesia nos prepara con un texto evangélico joanneo que nos habla de Jesús y su postura ante la muerte, la parábola que él mismo hace acerca del grano de trigo que cae en tierra y muere para ser fecundo, enfrentándolo a la máxima de que quien quiere guardar su vida la pierde, pero quien está dispuesto a perderla, a arriesgarla, a entregrarla, la ganará para siempre. Un reflexión ardua de la vida en la muerte, y de la muerte en la vida… y es hoy cuando me llega la reflexión de una hermana contemplativa que, desde su vivir y su camino de fe orante, hace reflexión personal sobre el texto del grano de trigo y la vida, del enterrarse y la muerte, del dar fruto y la resurrección. Lo descubro profundo en su mística y real en la vida a la luz de hechos recibidos de hoy mismo, de los que podré dar cuenta en otra ocasión, y que vuelven a reafirmarme en la máxima de que lo que el evangelio dice no es verdad porque lo diga el evangelio, sino que lo dice porque es verdad en la vida. El evangelio está en la vida, y en la muerte, sea la del niño inocente victima de la violencia o la del científico con su mente preclara en su cuerpo limitado por la parálisis. No hay duda de que todos hemos sido sembrados por otros, cuántos se han perdido, arriesgado, entregado para que nosotros tuviéramos vida. Somos porque otros se sembraron a favor nuestro, y la vida tiene como horizonte sembrarse, porque si alguien pretende guardarse se pierde… Ya lo decía mi abuelo: “Que no nos vamos a quedar aquí como simiente de rábanos”. Por eso, os propongo acoger, en lo profundo de nosotros mismos, esta meditación de esta religiosa contemplativa, al hilo de su vivir y sentir, en el encuentro con ella misma y con el Padre Dios:
RESURRECCIÓN: “Morir y vivir”:
“Después de un tiempo largo viendo lo que pasa a mí alrededor me he preguntado ¿has experimentado la muerte?
Si no lo has hecho no has podido experimentar la resurrección. Sí, para resucitar hay que morir, y morir es duro, estar en la verdadera muerte es muy duro; porque en la muerte no eres, dejas de ser completamente, en la muerte no puedes ver y te invaden toda clase de sentimientos, de miedos tan profundos que llegas a tener miedo de ti mismo y te hundes hasta no poder más; y es que realmente no puedes nada porque estás muerto.
Pienso… ¿qué es la muerte?… yo no hablo de una muerte física, no, creo que esa muerte es dulce, pues vas al Encuentro con el Padre, de Ese que jamás te ha cerrado su corazón, aunque tú hayas cerrado el tuyo.
Yo hablo de la muerte del ser, sí, de esa muerte que no sabes controlar, que no puedes controlar, que te supera muchas veces, de esa muerte que hiere profundamente tu ego, que te hunde y realmente no te dejar ser; algunas veces le llaman depresión, crisis por cierta edad, crecimiento excesivo del ego, frustración…y ciertamente esto es muerte y es que esta muerte tiene muchos disfraces que pueden venir de pecados, de heridas profundas en tu historia, de dudas inmensas en tu fe o en la propia vida, caídas de tu imagen o de un falso testimonio sobre ti, o envidias de otros que te van haciendo agujeros que parecen no sanar, el sinsentido de todo… hay miles de disfraces de esta muerte, y en tu mente empiezan a llegar miles de pensamientos contra ti mismo, contra el mundo, contra… y al final te haces daño a ti mismo y no sabes cómo salir, te encuentras en un círculo que recorres todo el tiempo y no te das cuenta que vas en la glorieta sin salir, porque estás muerto y no puedes ver, la salida está frente a ti, pero no la puedes ver; los que te quieren te ven y sufren, te dicen que esperes y muchas otras cosas, pero… la espera es larga y totalmente oscura, porque no ves a Dios y sientes que caminas a oscuras solo, sin rumbo, sin seguridad, sin nada; es cuando llega la desesperación pero… de repente logras entrar en ti, porque los silencios son más profundos, aunque duelan, la sensibilidad para escuchar se agudiza, aunque se sufra con ello, pero entras en ti y en un rayo de luz ves la maravilla que eres, ciertamente no dejas de ver tus debilidades, tus pecados… pero logras ver que con todo eres un ser maravilloso y te puedes abrazar, sabiéndote hermoso y dentro de ti llega la resurrección, sin que reproches tantos días amargos y es cuando el canto del pájaro que siempre ha estado en tu ventana, suena diferente, el sol te acaricia con suavidad, su luz te invade y puedes sonreír y decir con el corazón ensanchado.
¡Sí, estaba muerto, pero tú Señor, en medio de todo, me estás dando la Vida! Y terminas diciendo que quieres seguir y quieres ver en qué termina su obra contigo, aunque sabes que volverá la noche, porque ella es necesaria, pero la muerte tendrá un color diferente, sabes que vendrá la Resurrección, cuando menos las esperas y cuando más la necesitas, porque no estás solo, Él siempre está contigo, aunque sea en silencio.”