Para el análisis de estados financieros tenemos: Excel, increíbles programas financieros, en los Bancos programas completos de riesgos y no hablemos de la IA, esa lo sabe todo.
En demasiadas ocasiones, el análisis financiero se reduce a una lectura rápida de balances y cuentas de resultados y …. a las máquinas. Se teclean, los IS, se ven los 390 y los 347 y como somos bien hábiles por si acaso te reviso los 303 del último trimestre y esos 130…que te creías.
Y así tras agitar y no mezclar se hace la magia de la vida digital: Ratios, márgenes, EBITDA, cash Flow… todo parece correcto sobre el papel.
Gestionar basándose exclusivamente en la frialdad de los números ofrece una visión parcial. El verdadero éxito estratégico reside en equilibrar la métrica financiera con la realidad operativa; de lo contrario, el riesgo no se elimina, solo se vuelve invisible.
El análisis cualitativo: El primer paso, y por las prisas es el menos tenido en cuenta, es descodificar la realidad del negocio antes de abrir el balance:
Propuesta de valor: ¿Cuál es la ventaja competitiva que sostiene sus ingresos?
Dinámica de flujos: ¿Cómo se transforma la actividad en liquidez real?
Mapa de riesgos: ¿Qué variables operativas pueden comprometer la solvencia?
Momento del ciclo: ¿Estamos ante una inversión de crecimiento o una fase de consolidación?
Un margen estrecho no siempre es una debilidad; en sectores de alta rotación, es eficiencia operativa. Del mismo modo, un apalancamiento elevado no es una señal de alarma si está respaldado por flujos de caja recurrentes, estables y previsibles.
En banca de empresas, el número es el diagnóstico, pero el conocimiento del negocio es la cura.
Aquí es donde está la distancia corta y un financiero…se la juega. Trazar la línea entre un análisis superficial y una visión profesional de riesgos. El objetivo no es “maquillar” el balance, sino normalizar la realidad financiera para entender el core del negocio.
Para obtener una imagen fiel, si o si tenemos que:
Neutralizar extraordinarios: Aislar impactos puntuales que distorsionan la recurrencia. No te olvides de esas cuentas de efectos financieros a corto y no digamos ese grupo 5 de socios…
Homogeneizar políticas: Ajustar criterios contables para que el análisis sea comparable y consistente.
Limpiar el EBITDA: Identificar partidas no recurrentes que no forman parte de la operativa ordinaria. Y esto es básico porque si valoramos por múltiplos de EBITDA podemos pegar un resbalón importante.
Ajustar el perímetro: Asegurar que los ingresos y gastos reflejan la estructura actual de la compañía. Y casi siempre en el perímetro hay “alfombras” con sorpresas debajo.
No buscamos “mejorar” la foto, buscamos nitidez. Solo tras este proceso de depuración emerge la verdadera capacidad de generación de caja y la resiliencia del modelo de negocio.
Para calcular solvencia, riesgo y ratios financieros tenemos las máquinas… para entender lo que quieren decir no vale la automatización.
El análisis profesional culmina en el juicio experto, esa fase donde la experiencia sectorial permite interpretar señales que los algoritmos pasan por alto; porque, al final del día, dos balances idénticos pueden esconder realidades de riesgo radicalmente distintas.
Este diagnóstico no es el destino, sino el punto de partida para accionar soluciones financieras tangibles: desde la optimización del circulante hasta la reestructuración de deuda o la mejora del beneficio operativo.
El verdadero valor no reside en la sofisticación del informe, sino en la capacidad de transformar esa lectura en decisiones fundamentadas que protejan la liquidez y maximicen la capacidad de inversión.
En finanzas, la métrica es el mapa, pero el juicio es la brújula y cuando miras la brújula esta fase no puede automatizarse porque deben ser tus ojos los que valoren que lo que no son cuentas…son cuentos. (asaez@icaba.com)