Clama al cielo que la decrépita Europa considere a Turquía un «país seguro» para los refugiados. Es un eufemismo de la neolengua del poder que enmascara una verdad que no nos hará libres sino más esclavos de nuestro confortable miedo: pagamos a Turquía para que sea un gigantesco campo de concentración. Al frente está el ‘kapo’ Erdogan, el Putin turco, «que tal vez sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta», como dijo Cordell Hull, secretario de Estado de Roosevelt, de Somoza.
El lunes 4 de abril comienzan las deportaciones masivas desde Grecia a Turquía. El Parlamento heleno aprobó el viernes pasado una ley que las agiliza y reconoce como «país seguro» al eterno enemigo turco, lo que ha levantado ampollas en Syriza, el partido del primer ministro Tsipras, quien está demostrando más destreza que mano izquierda para hacer lo contrario de lo que prometió. Hay que recordar que la izquierda radical gobierna en coalición con Griegos Independientes (ANEL), cuyo líder, Kamenos, es el ministro de Defensa en un país donde el gasto militar por habitante es de los diez más altos del mundo. Este partido ultraconservador y nacionalista quiere frenar la inmigración y prometió respaldar a Syriza a cambio de que aparcara sus aspiraciones de separar la Iglesia ortodoxa del Estado y no redujera el gasto militar. Es como si en España hubieran pactado Podemos y Vox.
El escritor griego Petros Márkaris, quien no puede aceptar que Syriza «se declare de izquierdas si colabora con la extrema derecha», alerta de que los europeos no han aprendido de su pasado «ni quieren reconocer que el acercamiento a la ultraderecha puede acarrear desastres». «El odio a los musulmanes no difiere en nada del odio a los judíos», subraya. A su juicio, «los europeos viven en tal desastre que aceptan cooperar con un presidente como Erdogan», que encarcela a periodistas, tacha de terrorista al líder de la oposición y emprende una guerra en el sudeste del país.
Para ser considerado «seguro», el país al que un refugiado es devuelto debe garantizar que no va a perseguirlo ni deportarlo a su patria y que puede pedir asilo con las garantías contempladas en la Convención de 1951. Amnistía Internacional (AI) denuncia que Turquía no lo es y cada vez lo es menos, porque detiene y expulsa a Siria a cerca de un centenar de personas casi a diario desde mediados de enero. Es más, la guardia fronteriza turca ha matado a tiros a, al menos, 16 migrantes sirios, entre ellos tres niños, en los últimos cuatro meses. AI concluye que «lejos de presionar a Turquía para que mejore la protección de los refugiados sirios, en los hechos, la UE la incita a hacer lo contrario».
El nobel húngaro Imre Kertész, judío superviviente de Auschwitz que falleció el jueves, advierte en su última obra, ‘La última posada’: «Los extranjeros a los que se ha dejado entrar en la época liberal se han convertido hoy en una carga; por tanto, se ha virado a la derecha y ahora se confía en que, por así decirlo, se establezca el orden, esto es, que se limite la democracia. Enorme confusión e inseguridad; el terror ha intimidado a Europa, y Europa se postra ante el terror como una puta barata ante su proxeneta pendenciero». Y hace una pregunta retórica y profética: «¿No nos aguarda un fascismo discreto, con abundante parafernalia biológica, supresión total de las libertades y relativo bienestar económico?».
(Publicado en el diario HOY el 3 de abril de 2016)