España va bien, pese al bloque político. Eso al menos parece si solo observamos los indicadores macroeconómicos. Nuestro producto interior bruto crecerá más de lo previsto a inicios de año, casi el doble que la media de la zona euro, según coinciden los principales augures internacionales y nacionales.
Sin embargo, los ‘sabios’ alertan de que la economía española esconde «debilidades relevantes», como una abultada deuda. Josep Oliver, del ‘think tank’ EuropeG, advierte que si los «vientos de cola» (bajos tipos de interés, abaratamiento del petróleo, depreciación del euro…) que ahora sustentan la recuperación desaparecen, España puede volver a tener «importantes dificultades». A su juicio, es una insensatez no aprovechar los bajos tipos de interés para reducir la deuda.
En 2015, la economía española creció como no lo hacía desde 2007, justo el año antes de que la burbuja inmobiliaria y financiera nos estallara en las narices. Aquel fue el canto de cisne del cacareado milagro económico español, atribuido al taumaturgo Rodrigo Rato, que resultó ser un codicioso charlatán de feria. Este 2016, nuestra economía crecerá casi lo mismo que el año pasado, pero puede que estemos ante otro canto de cisne. Todos los agoreros, incluidos los del Gobierno, vaticinan que aflojará el ritmo el próximo año, afectada por la desaceleración de la economía mundial. Tanto el FMI como nuestro ministro de Economía, Luis de Guindos, culpan de dicha desaceleración al populismo, que, según su diagnóstico, está cada vez más asentado a nivel internacional como demuestra la pérdida de peso del comercio mundial y el avance del proteccionismo.
El triunfo en el referéndum británico del ‘brexit’, de la salida del Reino Unido de la UE, y la posible victoria de Donald Trump en las elecciones de Estados Unidos son para el Fondo Monetario ejemplos de la creciente fuerza de los movimientos populistas.
Sin embargo, ¿qué fue antes, el huevo o la gallina? En realidad, el populismo no es la causa de las crisis económicas sino una de sus consecuencias. El aumento del paro y de la desigualdad social durante estos años de la Gran Recesión han dado gasolina a los discursos simplistas e incendiarios de los mesías populistas de derechas e izquierdas.
El populismo de derechas canaliza la indignación ciudadana por los recortes y la destrucción de empleo contra los inmigrantes, a los que criminaliza. El de izquierdas, hacia la banca y la ‘casta’ política y económica corrupta.
El populismo de derechas es el nuevo disfraz del fascismo y está en auge en las principales potencias europeas, como Reino Unido, Francia y Alemania, donde la presión migratoria es mayor.
El populismo de izquierdas es el practicado por Syriza en Grecia y Podemos en España, donde la corrupción de los viejos partidos y el crecimiento de la brecha entre ricos y pobres es mayor. Pablo Iglesias reivindica el populismo, al que no asocia a «la demagogia y la mentira» sino a «cavar trincheras en la sociedad civil», a estar en la calle construyendo «contrapoder». Sigue así las tesis del matrimonio de politólogos formado por el argentino Ernesto Laclau, fallecido en 2014, y la belga Chantal Mouffe, referentes teóricos de los Kirchner, Hugo Chávez, Evo Morales o Rafael Correa. Mas, como hemos visto en Lationamérica, ese populismo de izquierdas desemboca en el cesarismo. No es algo nuevo, viene repitiéndose desde los tiempos de Julio César.
(Publicado en el diario HOY el 9 de octubre de 2016)