Se creía el rey de la exactitud, en realidad era su esclavo. Un simple cuadro torcido le provocaba punzadas en el estómago. Tiranizaba a sus empleados con el cumplimiento al segundo de la jornada laboral y no les quitaba ojo. Sobre todo, al perfecto perfil de Anita, su secretaria particular. Un buen día ella se giró para tomar notas y dejó a la vista una verruga negra y peluda que casi le cerraba el ojo derecho. Le dio un patatús; no por la fealdad, sino por la asimetría. Cuando los del 112 se lo llevaron, Anita se quitó la verruga postiza entre las carcajadas de sus compañeros.