Repantingada en el jardín matriarcal a la sombra del olmo, aún le parece escuchar la voz de la presidenta: Quiero que te encargues de Igualdad. Aceptó sin dudarlo y ahora se aplica a memorizar palabras como sororidad y empoderamiento, neologismos tras los que ocultar su radical ignorancia, su irrelevancia social y, sobre todo, ese machismo tiránico y rancio que ya utiliza en el trato diario con su mujer y que pronto dispensará a sus colaboradoras. De repente abre los ojos, le parece entrever algo amarillo en el árbol y se levanta de la hamaca. En efecto, lo que cuelga del olmo es una pera.