VIENEN LOS PAISANOS del pueblo al notario a firmar la compraventa de unas tierras de labor. Dobles parejas a los lados de la mesa ataviadas con la pana funeraria de las grandes ocasiones, circunspectos pero atentos al gesto más sutil para no parecer catetos ante gente tan principal. De todos estos, ¿quién será el mandamás?, se preguntan en cruces de miradas paranoides. Ajeno al trajín, el apoderado del banco sanguijuela escudriña papeles cuando se abre la puerta y asoma una empleada que le anuncia sargenta: «Ahora te mando al notario». (No busques más, Amelia, esta es la que parte el bacalao).