ÉL NO SE LIMITA a diseñar. Él imagina, crea, planifica y se busca la vida para elaborar sus propios inventos. Un Da Vinci de provincias. Observa el mundo con ojos de ingeniero buscando mejorarlo. Como este cacharro, por ejemplo, piensa mientras mete uno a uno los cascos de cerveza, su droga inspiradora, en el contenedor de vidrio. Cada envase engullido por el bombón levanta un estrépito que el silencio del confinamiento multiplica por cien. Alguien debería inventar algún mecanismo para amortiguar este escándalo, se plantea arrojando botellas, cinco, siete, nueve, por la boca asombrada del contenedor. A la décima, la gente desde los balcones empieza a aplaudir. Él se pone rojo, agacha la cabeza, sigue tirando envases delatores y se resiste a mirar el reloj. ¿Y si resulta que no son las ocho y lo que están jaleando es mi cervezofilia incontinente?