LLEVABAS MESES RONDÁNDOME. Cada vez que ibas y volvías del colegio te desviabas del camino para comprobar, con el corazón desbocado, que aún seguía allí. Te horrorizaba pensar que un día de pronto no te estuviera esperando. Te habías encaprichado de mí y estabas ofuscada en que no podía ser otro más que yo, que además, según tú, correspondía a tu mirada de deseo desde el otro lado del escaparate, como si fuéramos dos críos enclaustrados languideciendo de pasión. En tu mañana más codiciada, volvías a casa con andares alegres, la mirada sonriente y abrazada a la caja. Aquel mismo sábado el Gobierno prohibió salir a la calle. A ti te dio lo mismo, no estabas dispuesta a separarte de mí ni un segundo, aun dentro de casa. El vecino de abajo ya ha subido cuatro veces a quejarse del ruido que hacen mis tacones.