LA HIENA LE ROBABA EL AIRE con la codicia asquerosa de los carroñeros, el mismo aire que tú desesperabas por insuflarle como un aliento de vida y que hoy te llena los pulmones mientras recuestas la mirada en el horizonte convexo del campo en primavera. Serena, con su rebeca huérfana en tus hombros, en la dulce tristeza de haber sido dueña de su mano mientras ella se alejaba confiada, sin darse cuenta. Ya podéis descansar las dos cada una en su camino. Ella, como todos los muertos, soñando con tiempos mejores. Tú, abrazada al recuerdo, adormecida ya la angustia de la vigilia, acurrucada en la alegría íntima de saber que has dado todo cuanto el amor sin condiciones regala. Una sola cosa te pido: que dediques un pellizco de tu pena a todos los muertos que han muerto solos, sin tener a su lado a alguien como tú.