CLARO QUE SE COCINÓ a fuego lento en el caldo del rencor, como todas las venganzas, y claro que nació en China, aunque muy lejos del laboratorio de Wuhan. Surgió en un rincón de una fábrica clandestina de papel higiénico barato. Chang Hao trabajaba veinte horas al día en la fase previa al envasado, controlando una máquina perforadora que divide el rollo en hojas de exactamente doce centímetros. Enajenado por su odio al capitalismo occidental, Chang ideó eliminar algunas puntas de un extremo de la perforadora para que la hoja no se cortara bien cuando el maldito capitalista cagón tirara de ella. Entonces, ese extremo rebelde desgarraría el rollo hoja tras hoja y lo convertiría en una larga tira que se encararía al occidental en su momento más indigno retándole: o te esfuerzas en cortarme o me alargo hasta el cilindro de cartón, tú mismo.