DE JOVEN SOÑABA QUE era Gabriel Byrne en ‘Muerte entre las flores’, cuando apunta fríamente a John Turturro y este le suplica de rodillas que mire en su corazón, que no lo mate, y él le contesta ¿Qué corazón? justo antes de pegarle un tiro en la cabeza. Es lo que más le fascina de las pelis de mafiosos, ese instante filosófico en que alguien deja de existir porque él, el más terrible gánster, le mete una bala entre los ojos. Jugar a ser Dios, convertirse en un malo de Scorsese de los «que pintan casas». Pero, claro, solo en el cine, porque en la realidad no soporta la sangre de un mosquito en un cristal. Ahora las circunstancias le permiten jugar apuntando a los desconocidos entre los ojos mientras por lo bajo tararea música de Morricone. Hasta que un pitido corto en su termómetro-pistola indica que el transeúnte no tiene fiebre, que puede pasar.