NO HAY NADIE ESPERÁNDOME FUERA, tampoco vienen mucho a visitarme y el alojamiento se me lleva toda la pensión. Cosas de hacerse vieja y que los hijos se desentiendan de una. Mejor, mi verdadera familia es esta, aunque el virus me ha robado a algunos de mis amigos, compañeros de fatigas a los que echo de menos como nunca pensé. Pero no hay mal que por bien no venga: ahora los cuidadores son más cariñosos, la comida no es tan mala como antes y algunos internos charlan animados mientras otros miran la tele como si de verdad les interesara lo que dan, que es la misma basura de siempre, en eso no hemos mejorado nada. Yo prefiero aislarme tras mi mascarilla y leer. Precisamente estoy leyendo ahora un libro de relatos breves que suelen sorprender en la última línea. Menos este, este cuento termina con la misma desolación con que empieza. Sin sorpresas.