HASTA QUE CERRARON LA DISCO anduvo anoche merodeando, intentando pillar lo que se le pusiera a tiro; al final tuvo que conformarse con los restos del desguace, pero alguno cayó. Esta mañana ha madrugado dispuesto a no perderse su primer día de cole. Todo lo que le rodea es nuevo. Los niños hormiguean en la puerta, se arremolinan sin tocarse, saltan nerviosos de la mano salvadora de los padres al amiguito reencontrado tanto tiempo después. Él los observa intentando que no le asome a la mirada la avaricia cardiaca de los pedófilos. Huelen a colonia fresca, a libros nuevos, a plastilina, pero lo que a él le atraviesa es un aroma de rosas vírgenes recién abiertas. Solo los rostros enmascarillados y las manos brillantes de hidrogel perturban su glotonería ante el banquete que se le ofrece. Sabe que son los peores enemigos de un virus tan canalla como él.