DE JOVEN ME GUSTABA SUMERGIRME en las profundidades de los clásicos. Allí, leyendo Anna Karenina, aprendí que todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada. Tenía razón el gran Tolstói: nosotras, por ejemplo, éramos una familia tan feliz como insustancial, similar a otras muchas. Las seis hermanas crecimos cada una un poco a su aire, pero siempre nos sentíamos unidas. Íbamos de aquí para allá sin rumbo concreto, aunque nunca nos perdíamos de vista por el rabillo del ojo. Ayer mismo nadábamos dichosas y despreocupadas en las aguas cálidas del Mediterráneo cuando cayó sobre nosotras la red espantosa de la fatalidad. Ahora ninguna familia, por muy desgraciada que sea, se parece a la nuestra. Ninguna como nosotras seis, plateando juntas el mediodía bajo el sol de verano y espetadas en un pincho de aluminio.