UN ALTO EJECUTIVO TOMA EL ASCENSOR en el ático y aprieta el botón del bajo. El ascensor se detiene en la penúltima planta, donde sube una dama, piel fina, con cara de sueño interrumpido. En la siguiente parada, una familia de obesos logra encajar como un tetris en el angosto hueco libre. Más abajo entra un escolar que se acomoda junto a una rendija del techo contorsionándose igual que un pulpo. Cuando el alto ejecutivo hace cuentas, son ya quince los vecinos compactados, y aún faltan nueve. El aire escasea y la dama delicada lanza un vaporoso lamento sobre el calor creciente. Se entreoyen aserciones, ante las que el inquilino migrado replica desde los fondos del habitáculo: «No se me quejen, señores, que a los de abajo siempre nos toca lo peor». Anónimo y cobarde, el ascensor dispara a discreción: «Pues baja andando. O no salgas de tu casa. O, mejor todavía, ¡vete a Albania, tío!».