ÉRASE UNA VEZ UN REY MUY QUERIDO de su pueblo que fingía trabajar por el bien común mientras se entregaba al ocio, el lujo y las prostitutas. Gustaba rodearse de cortesanos adinerados a quienes sableaba ofreciendo a cambio favores inconfesables. Además, desviaba a su propio bolsillo los impuestos que debía pagar al país del que oficialmente era primer ciudadano. Un día, las mentiras del rey salieron a la luz y la vieja escalera por la que había trepado hasta el trono empezó a pudrirse. Cayó. Y cuanto más caía, más visible se hacía la podredumbre que había ido dejando a su paso. Entonces, su hija más déspota se propuso amortiguar el golpe comprando el mejor colchón. Pero ninguno, ni siquiera el más blando y popular, el que se anunciaba con el lema de «Colchones Revilla, una paz que maravilla», pudo evitar el estrépito de su caída. Al contrario, lo multiplicó hasta el infinito.